Siempre alerta “papá” Luis

El 16 de este mes don Luis Elías Guadrón, conocido en el mundo del escultismo como “papá” Luis, partió a la casa del Padre.
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Fue el eterno dirigente de la tropa 5, “el Cid Campeador”, con sede en nuestra iglesia Catedral Metropolitana, un hombre de temple, que recordaba a los viejos caballeros medievales de la mesa redonda, no solo por su aspecto imponente, por su seriedad que escondía un corazón de miel y su voz grave, sino por su vivencia al pie de la letra de la ley y de la promesa del explorador, cuyo espíritu lo tomó Baden Powell del Código de Honor de los caballeros del rey Arturo: honor, lealtad, verdad, trabajo, pureza, alegría, amor a Dios y a la naturaleza, entre otras virtudes, que las convirtió en la norma de su vida.

Luis Elías se mantuvo al margen de la Asociación de Scouts porque quería que sus niños, jóvenes y dirigentes no se contaminaran de intrigas y corrupción que suelen afectar a bastantes asociaciones.

Solo hizo una excepción con Rover Jaime Tenorio, quien obtuvo su insignia de madera y se mantuvo incólume y a la fecha sigue viviendo según los principios que le fueron enseñados.

“Papá” Luis vivía pendiente de sus scouts y dirigentes, de sus problemas y de la rectitud de su vida. Muchos vivían en ambientes de alto riesgo, pero la armadura moral que adquirían en la tropa 5 les permitía resistir y salir de la podredumbre que les rodeaba.

Les inculcaba a sus muchachos la disciplina y la rectitud de vida. El escultismo era para él su tiempo libre, atendía sus negocios, cumplía sus deberes como padre y esposo y el resto del tiempo lo dedicaba al Grupo Scout.

El escultismo lo había convertido en un estilo de vida, no era un simple pasatiempo. El scout debía ser digno de confianza no solo con el jefe de tropa, sino también con sus padres, maestros, amigos, patronos y vecinos. Él lo predicaba con el ejemplo, y lo hizo hasta su muerte. Abrió el escultismo a los más pobres.

Vivió sencillamente, como lo enseña el escultismo, nunca fue ambicioso, porque el scout se considera un viajero de paso por el mundo, un explorador sediento de eternidad. Solo así se vive desapegado de los bienes materiales y se valoran los principios.

Cultivó el orden y la limpieza, así como la lucha sin cuartel por alcanzar las metas que los seres humanos se proyectan o que impone la vida. Exigía buenas notas, se mantenía en comunicación con los padres de los niños y en la competencia con otros grupos aceptaba solo buenos resultados, pero sin revanchismo ni violencia, era una escuela para la vida.

Cuando el escultismo y la sociedad entraron en crisis, se retiró, se refugió en su casa, guardó celosamente todos los haberes del grupo: banderas, banderines, documentos, libros, manuales, registros, bordones, insignias, etc. Una ilusión para cualquier coleccionista o historiador del escultismo, pero para él era su principal tesoro, el testimonio de una experiencia en el escultismo nunca superada en el país, un ejemplo a seguir, un camino que recorrer.

Ahora descansa en paz, está recibiendo el premio bien merecido en el cielo, preocupado de sus scouts hasta que pueda volver a pitar para reunir a su tropa en el paraíso.

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