Siempre habrá ideologías, pero hay que replantearlas

Desde el año 1917, cuando emergió la Unión Soviética, bajo el signo leninista del marxismo, el mundo inició la ruta hacia lo que hoy podemos calificar como era bipolar (sí, en ambos sentidos). Dicha era tomó posesión del mapa mundial inmediatamente después del fin de la Segunda Gran Guerra; es decir, desde 1945. Y tal bipolaridad se planteó desde el principio como otra guerra, sin disparos directos pero con un juego de golpes bajos que los sustituían con exquisito descaro. La bipolaridad estaba vestida de ideología. Unos postulaban el capitalismo; los otros, el socialismo. Pero lo que ambos postulaban de veras era el control del poder mundial. Y la llamada Guerra Fría resultó ser el escenario en que los dos superpoderes se entendían para no destruirse, lo cual acaba siendo siempre la expresión más avanzada de la cultura mafiosa.
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<p>Se vivió, durante más de cuatro decenios, en aquella tensión con ribetes de película de James Bond, aunque sin los escarceos románticos propios del personaje imaginado por Ian Fleming. Cada ideología se comportaba como “femme fatale” tras bastidores. Parecía que esa tragicomedia sería de largo metraje; pero de pronto se fundió el reflector, y la bipolaridad quedó a oscuras. ¿Quién hubiera imaginado un 1989 como aquel? En una lectura ingenua de los hechos, quizás algunos se figuraron que al desaparecer una de las vedettes características la otra quedaba en posesión del escenario. Pero lo que pasó fue que el escenario sufrió un cortocircuito. Y casi de inmediato empezó a montarse un escenario alternativo, ese que ahora llamamos “mundo global”. Y de pronto, desde la galería alguien preguntó: “¿Dónde están las ideologías?”</p><p>A estas alturas, dicha pregunta cada vez va perdiendo más actualidad. Y eso acarrea otras consecuencias. La primera de ellas es que se ha desactivado el vigor de la utopía, lo cual representa una pérdida verdaderamente calamitosa para el desempeño de la realidad, porque las energías utópicas constituyen el combustible más poderoso de la perfectibilidad humana. El error estuvo en encadenar la utopía a concepciones ideológicas, principalmente de izquierda. El marxismo se planteó y se diseminó como portador de la utopía, y eso se fue convirtiendo en una desmesura cada vez menos racional, bajo la ilusión de que dicho maridaje sería perpetuo. De absolutizaciones se alimentan los más riesgosos despistes históricos. Y la víctima al final ha sido la utopía, que nunca dejará de ser necesaria para ventilar la evolución. </p><p>Los salvadoreños debemos entrar en una fase de análisis de la realidad nacional que nos permita orientarnos por las veredas de nuestro propio tránsito evolutivo, que se ha venido dando sin el acompañamiento de ese análisis clarificador y ordenador, sin el cual se va avanzando a la buena de Dios. Hemos señalado en diversas ocasiones que nuestro conflicto bélico fue político, no ideológico; pero la ideología desempeñó una función definitoria de los sujetos históricos que irían al enfrentamiento armado en el terreno. En el caso del sujeto “subversivo” eso es enteramente claro. Necesitaba, para constituirse como tal, una motivación impulsora, que se la aportó el propósito de hacer la revolución. Noción casi religiosa, que impulsó a tantos jóvenes a lanzarse a un proyecto en el que iba incluido el riesgo de la propia vida. La utopía llevada al límite.</p><p>Se hizo la guerra. Transcurrió la guerra. Tuvo que desenlazarse la guerra, y no con la revolución sino con el tránsito hacia la democracia. No hubo vencedores ni vencidos, ni militar ni ideológicamente. Trago amargo, amarguísimo para los guerreros de un lado y de otro. Las ideologías quedaron en trance angustioso. Y eso ha constituido retrancas en la ruta del proceso. La principal de ellas, el miedo a los replanteamientos ideológicos. Esto lo vemos con más nitidez en las fuerzas políticas principales: el FMLN y ARENA. La redefinición ideológica es inevitable, pero el temor visceral a perder el apoyo de aquellos sectores que no se han dado cuenta de que estamos en otro tiempo es mayor. Y más cuando esto se pone en clave electoral. Por eso la izquierda se refugia en la ambigüedad y la derecha se hace la disimulada frente al reto. </p><p>Ideologías siempre habrá, pero ya está visto que no pueden ser estructuras inmóviles. La realidad en ningún sentido es un museo de figuras de cera. Y esto vale para todos, nacional y globalmente. Caricaturas como el llamado Socialismo del Siglo XXI no tienen ningún poder sustitutivo del fenómeno real, aunque el dinero fluya para mientras. Nos hallamos en una coyuntura histórica a la vez confusa y proclive a la creatividad, que como tal no tiene precedentes visibles. Oportunidad de oro. En nuestro país, vamos hacia las redefiniciones ideológicas, más temprano que tarde. Y eso es parte viva de la lógica democrática en acción. La izquierda hacia la socialdemocracia y la derecha hacia el liberalismo, ambos términos puestos al día, con todos los componentes de avanzada que traiga consigo la misma evolución. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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