Siguen los desacuerdos por la problemática fiscal y entretanto el país ve crecer la inestabilidad que tanto afecta en todo sentido

La conducción nacional no está respondiendo a lo que le demanda la realidad que vivimos, y en tanto más se aferre a continuar en esa trampa de seguir haciendo lo mismo sin reparar en las consecuencias, más se le cierran al país las salidas hacia el futuro.
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Acaba de comenzar el año y ya se han hecho presentes las peticiones gubernamentales por más endeudamiento para cumplir obligaciones que por ley tendrían que estar debidamente presupuestadas. Hay que reiterar, en primer término, que la práctica presupuestaria viene estando distorsionada desde hace mucho, y eso lo que ha producido es un desfase constante entre lo que aparece en el Presupuesto General y lo que hay que asumir en la realidad de los hechos. Fingir Presupuestos equilibrados cuando a todas luces no lo están se ha vuelto una perversión que resulta cada vez más costosa y contraproducente.

Y a esto se suman, como es previsible, otros factores desestabilizadores, que complican el panorama nacional en forma creciente y avasalladora. Es el caso de la calificación crediticia de país, que viene deteriorándose de manera progresiva porque no hay dinámicas de cambio positivo que verdaderamente convenzan. Las tres principales agencias de riesgo ubican a El Salvador en el último lugar de la subregión centroamericana, y eso no sólo es deprimente como etiqueta sino que dificulta y encarece aún más el manejo financiero en general, porque hay que pagar más por los créditos que por necesidad se vayan adquiriendo, dentro de este círculo vicioso que por ahora no parece tener fin a la vista.

Como hemos señalado constantemente, y cada vez con más énfasis por los apremios que se acumulan en el ambiente, el desafío de fondo está centrado en el crecimiento nacional, ya que de otra manera, por más malabarismos que se improvisen, no hay cómo obtener un flujo de recursos que no sólo sea suficiente sino sobre todo natural. Al crecer, aumentan los ingresos públicos y los ingresos privados, y así se nutren de manera sana y consistente las disponibilidades financieras de la institucionalidad estatal. Es lo contrario de lo que ahora ocurre, cuando se quieren cubrir obsesivamente con deuda constante y creciente todos los hoyos que van dejando tanto la irresponsabilidad como la ineficiencia.

Hemos mencionado el término “círculo vicioso” porque ya no hay cómo disimular que los salvadoreños estamos atrapados en una dinámica de fallas y de errores reiterados. La conducción nacional no está respondiendo a lo que le demanda la realidad que vivimos, y en tanto más se aferre a continuar en esa trampa de seguir haciendo lo mismo sin reparar en las consecuencias, más se le cierran al país las salidas hacia el futuro. Sin ninguna duda posible, hay que cambiar el chip en el nivel de los liderazgos, para que haya opciones reales en la línea de los tratamientos eficaces y de las soluciones sustentadas.

¿Cuánto más deterioro e incertidumbre se necesitarán para que dichos liderazgos, y muy especialmente el que está al frente de la conducción gubernamental, entren en razón histórica conforme a los requerimientos del momento presente? Ninguna menudencia política es capaz de sustituir al reto esencial, que es darles respuestas ciertas, suficientes e integradas a los grandes problemas que tenemos encima.

Seguimos confiando en que la gravedad de la situación pueda mover voluntades por la vía del razonamiento constructivo y del realismo fructífero. Es hora más que sobrada de dejar atrás las fijaciones obsoletas y de asumir el propósito sensato de hacer bien las cosas.

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