Sin bandera partidaria

De alguna manera lo anticipamos en la columna anterior, no porque tuviéramos una bola de cristal, sino porque siempre se repite la misma canción cuando el presidente de turno rinde cuentas de su gestión ante la Asamblea Legislativa
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De alguna manera lo anticipamos en la columna anterior, no porque tuviéramos una bola de cristal, sino porque siempre se repite la misma canción cuando el presidente de turno rinde cuentas de su gestión ante la Asamblea Legislativa: logros por doquier, funcionamiento óptimo de la maquinaria estatal, uso eficaz y trasparente de los recursos públicos, invariablemente para favorecer a los menos afortunados. Pero nos equivocamos en algo que igualmente se repite. En esta ocasión no hubo señalamientos contra sus opositores por los obstáculos que le pusieron en el camino, acaso porque el mandatario considera que los superó con solvencia, excediendo con mucho sus propias expectativas de éxito, satisfaciendo así las aspiraciones de toda la población.

¡Pero vaya decepción! La imagen de moderación que dejó su discurso ante el pleno legislativo y los invitados especiales –independientemente de la opinión de propios y extraños sobre los resultados enunciados– se esfumó casi de inmediato cuando se dirigió a una audiencia partidaria (conformada en gran medida por empleados públicos al puro estilo chavista), al retomar el discurso confrontativo que ha distinguido a su partido, particularmente durante el gobierno anterior. Ahí repitió los ataques a la derecha, los medios de comunicación y, desde luego, contra la Sala de lo Constitucional. No sin cierta inquietud, pudimos constatar que en la mesa de honor le acompañaban ministros y hasta la más alta dirigencia de la Fuerza Armada, encabezada por el responsable de la cartera de Defensa. Que el lector juzgue el significado de este inédito escenario para dirigirse a sus súbditos.

Pero volviendo a la realidad, vale la pena mencionar de paso el mensaje contundente que le envió la semana pasada el colega y particular amigo Luis Membreño a la clase política, para que asuma con responsabilidad el reto histórico que supone superar la delicada situación que estamos confrontando en todos los órdenes de la vida nacional. Compartimos plenamente los planteamientos y sugerencias del amigo, porque allí pueden encontrarse fórmulas de escape a un estado de cosas que se torna cada día más agobiante, con el peligro siempre latente de caer en el caos. Podemos olvidarnos incluso de aquella imagen objetivo que idealizamos muchos con la firma del Acuerdo de Paz; pero no podemos obviar el significado de la trampa económica en que hemos caído, la inédita crisis fiscal, el desaliento que provoca la corrupción generalizada, los cuadros lacerantes de pobreza y sobre todo, la constatación de la existencia de señales que apuntan hacia un Estado fallido.

Nada de lo que hagamos para enfrentar la complicadísima situación imperante será suficiente si no hay detente a esa polarización destructiva que lo único que hace es profundizar los problemas y complicar más su solución. En este aserto, subyace un optimismo relativo en el sentido de que todavía estamos a tiempo de evitar males mayores, pero ello pasa necesariamente por rescatar lo poco que va quedando de Chapultepec: el omnipresente desafío de trabajar unidos, para que con una visión compartida podamos emprender la dura tarea de construir una sociedad cualitativamente distinta, donde impere la justicia, la solidaridad, la convivencia armoniosa y el progreso permanente con distribución equitativa de sus beneficios.

Reconociendo que los problemas que confrontamos han rebasado las fronteras del tiempo, no podemos eludir tampoco la responsabilidad que nos corresponde ante la presencia de una brecha enorme entre esos ideales y la realidad que vivimos. Pero para bien o para mal, todo viene a confluir en el comportamiento de la clase política y los poderes fácticos, que se mantienen como protagonistas subordinando siempre los grandes objetivos nacionales a sus particulares intereses, ahora con el riesgo de caer en el populismo más oprobioso y destructivo. En una democracia funcional, siempre debe haber espacios para el disenso ideológico; el quid está en mantenerlo confinado en uno que no entorpezca los ideales de la mayoría. En los dos años que le quedan al presente gobierno, esperaríamos más objetividad en sus logros y moderación en sus objetivos redentoristas.
 

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