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Sin seguridad no hay desarrollo, y eso habría que tenerlo presente siempre

Hay que posibilitar que las fuerzas productivas desarrollen todas sus potencialidades en el ambiente, de modo que el progreso no esté de ninguna manera supeditado a los mezquinos intereses y a la demagogia deformadora.
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La palpitante temática sobre la falta de seguridad que se ha venido agudizando en el país nos pone inevitablemente ante una cuestión que no sólo reclama enfoques realistas y verdaderamente orientadores sino que exige métodos de tratamiento que en efecto vayan hasta las profundidades de los problemas en juego. Esa cuestión es la falta de un crecimiento real de nuestra capacidad de desarrollo, que no sólo depende de lo que se da en el plano estrictamente económico sino que está vinculada con muchos otros factores, como la inseguridad que tanto nos aqueja y que está desde luego en primera línea, la falta de certidumbre sobre lo que puede pasar en el país en cualquier momento y en cualquier ámbito de la realidad, la ineficiencia manifiesta en el manejo de los asuntos públicos y la falta de políticas que tengan apoyo general y perspectiva cierta en el tiempo.

El clima de inversión, que en cualquier parte es tan determinante de lo que pueda darse en los diversos ámbitos socioeconómicos, sigue padeciendo en nuestro país de muy escaso poder atractivo y de múltiples debilidades estructurales. Esto lo ha reafirmado la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES) en su más reciente informe de coyuntura. Y cuando ese clima falla, no hay por dónde esperar mejoramientos capaces de ir cambiando las condiciones de vida y los mecanismos de convivencia. Esto lo vivimos los salvadoreños sin necesidad de que nos lo recuerde ningún análisis técnico, que desde luego siempre será útil para identificar lo que nos pasa y lo que debería pasarnos.

Cuando decimos que sin seguridad no hay desarrollo queremos enfatizar lo que constituye hoy un dato que ya es posible ignorar bajo ninguna excusa o pretexto: que toda la problemática nacional está íntimamente conectada, lo cual implica que ninguna de las expresiones concretas de dicha problemática puede ser desconectada de las demás sin producir desajustes inhabilitantes y aun paralizantes. Y como eso es lo que se ha dado de manera sistemática en el ambiente tenemos hoy un país que carece de rumbo correcto y que está atrapado en sus propias incongruencias. Hay que calar a fondo en todo esto para poder no sólo entender lo que pasa sino también para reaccionar constructivamente frente a los desafíos que nos rodean.

Es absolutamente imperativo que los salvadoreños no sólo podamos sobrevivir entre tantas adversidades sino que se nos abran los espacios de la sana y motivadora convivencia. Hay que posibilitar que las fuerzas productivas desarrollen todas sus potencialidades en el ambiente, de modo que el progreso no esté de ninguna manera supeditado a los mezquinos intereses y a la demagogia deformadora. La política debe hacer lo suyo, dentro de los límites que le corresponden, y la creatividad empresarial, en todos sus niveles, tiene que contar con los márgenes de libertad que le permitan estimular iniciativas y facilitar emprendimientos.

Es hora de soltar todas las amarras paralizantes: los salvadoreños venimos de pasar pruebas históricas mucho más peligrosas y complicadas que la actual, y ese tendría que ser el mayor estímulo para no tirar la toalla en ningún momento.

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