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Sin una buena dosis de realismo, los problemas nacionales no tienen solución

Es, pues, un momento en que resulta muy difícil intentar hacer balances confiables, porque lo que quieren todos es, en primer término y con agitación creciente, potenciar imagen y quedar bien con el mayor número de ciudadanos.
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La gestión ejecutiva actual está en su fase final, y la serenidad de los análisis sobre la misma se complica porque estamos en plena batalla electoral de cara a las urnas que se abrirán el 2 de febrero y, muy posiblemente, también el 9 de marzo próximos. Nuestro calendario político está recargado de fechas en que la ciudadanía tiene que tomar decisiones por medio del sufragio, y eso deja muy pocos espacios distendidos para que la acción institucional, tanto del Gobierno como de los partidos, pueda desenvolverse a ritmo tranquilo.

Una de las tareas del futuro inmediato tendría que ser, entonces, la revisión consensuada de dicho calendario, para adecuar sus tiempos a un dinamismo sucesivo más razonable, específicamente en lo que toca a los períodos legislativos y municipales; y esto tendría que ser parte de un reenfoque del texto constitucional, para adecuarlo a las nuevas realidades, 30 años después de que se aprobó el actual, que, pese a las reformas habidas, ya en muchos sentidos requiere ajustes, supresiones y agregados.

Lo que hay en este momento en el día a día es una intensiva exposición propagandística. Desde el Gobierno, el masivo recuento de logros; y en la campaña, los mensajes de los distintos candidatos y partidos en busca del voto popular. Es, pues, un momento en que resulta muy difícil intentar hacer balances confiables, porque lo que quieren todos es, en primer término y con agitación creciente, potenciar imagen y quedar bien con el mayor número de ciudadanos. Esto se mantendrá así hasta que llegue la definición final en las urnas; y ojalá que de ahí en adelante se pueda dar un giro razonador, que es lo que la complicada y traumatizante realidad nos está demandando a todos.

Pese a que esa realidad presenta tantas urgencias y tantas demandas, lo que ha faltado hasta la fecha es ponerse frente a ella con el propósito de encararla sin evasivas ni prejuicios. Dicha actitud es muy difícilmente esperable tanto por parte de los que se van, que están fijados en la ansiedad de cuadrar saldos positivos, como por parte de los que aspiran a llegar, porque no se quieren exponer a que el electorado se entere sin tapujos de que lo que viene requerirá verdadera austeridad y hasta sacrificios.

Pero al llegar la fecha en que la nueva Administración tenga que tomar el cargo y el encargo, ya no habrá cómo evadir retóricamente las responsabilidades que vienen. Y justamente la palabra clave que les toca asumir a los nuevos gestores del proceso nacional es esa: responsabilidad. Que comenzará, inevitablemente, por reconocer y aceptar los hechos como son, para enfilarse hacia sus tratamientos y sus soluciones. La responsabilidad tiene que llevar al realismo; y este tendrá que concretarse en una filosofía y una práctica de gobierno que vayan mucho más allá de lo que se ha tenido en las administraciones anteriores.

Temas como el déficit fiscal, la búsqueda de más ingresos para el país y para el Estado, la disciplina del gasto, el replanteamiento de la productividad, el despliegue de una auténtica competitividad y la consolidación del esquema institucional democrático no pueden seguir flotando en el aire, sin los asideros interactivos que requieren para que las cosas comiencen a cambiar de veras. Es un reciclaje integral y ordenador lo que estamos necesitando.

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  • elecciones 2014
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