Lo más visto

Sin una seguridad perceptible y una educación operante no hay cómo darle al país los insumos necesarios para encarrilarse hacia el progreso

Como se viene experimentando en forma cada día más dramática en el curso de los tiempos más recientes, la inseguridad está en el centro de lo que a los salvadoreños nos aqueja y nos agobia.
Enlace copiado
Enlace copiado
Los sucesos que se presentan a diario en nuestra convulsa y atribulada realidad ponen en evidencia incuestionable que la problemática nacional se va complicando en forma creciente, y esto es así, en primer lugar, porque no se cuenta hasta la fecha con un esquema de tratamiento de los problemas que sea pertinente y consistente, y además porque no se tienen metas claras y compartidas para que el país avance de manera clara, constante y articulada hacia lo que los salvadoreños queremos y necesitamos como sociedad en pleno. Estas carencias básicas se vienen manifestando en las formas más variadas desde hace mucho tiempo, y por eso se vuelve cada vez más incomprensible que, pese a las urgencias patentes, no haya habido ni haya esfuerzos serios en la línea de ordenar el presente para potenciar el futuro.

Como se viene experimentando en forma cada día más dramática en el curso de los tiempos más recientes, la inseguridad está en el centro de lo que a los salvadoreños nos aqueja y nos agobia. Si en el pasado no muy distante se hubiera graficado lo que ahora está sucediendo en este campo de seguro a cualquiera le hubiera parecido una proyección inverosímil; sin embargo, lo que hoy padecemos al respecto supera todo lo imaginable, y por eso los esfuerzos de reversión tienen que ser heroicos y convincentes a la vez. Sufrimos una amplia crisis de credibilidad, y eso habría que encararlo de frente sin más vacilaciones ni dilaciones.

La inseguridad lo contamina y lo afecta todo, y no es de extrañar que haya en el ambiente una inquietud y un desconcierto cada vez mayores sobre lo que puede traer el futuro inmediato y ya no se diga el de más largo alcance. De ahí que el esfuerzo por revertir la situación de inseguridad, que es la principal fuente de incertidumbre, tendría que ser asumido de manera franca e inequívoca por todos los salvadoreños, y muy en particular por los liderazgos que operan tanto en los ámbitos públicos como en los sectores privados. Pero la lucha contra la inseguridad tiene que ir íntimamente enlazada con la creación de oportunidades, que pongan a los salvadoreños de todas las esferas en la vía del progreso real y sostenible.

En este último plano, la educación juega el rol fundamental. Tanto en lo que a seguridad como a educación se refiere la consigna de entrada tendría que ser: Trabajar en serio, sin improvisaciones de ocasión. Y para que eso se pueda ir plasmando en hechos constatables y verificables es necesario que se pase de las ocurrencias casuales a las propuestas fundamentadas. Y además, hay que evitar a toda costa vivir entre contradicciones retóricas que lo que hacen es acarrear más confusión. Ejemplo vivo de esto son las opiniones gubernamentales sobre la relación actual con Estados Unidos, pues el Gobierno dice una cosa y el partido en el Gobierno dice otra.

En todo sentido hay que instalar la coherencia y la consistencia como principios de buena actuación. Según se apunta al comienzo de este Editorial, lo que se requiere es una seguridad perceptible y una educación operante, de tal modo que la atmósfera nacional pueda ir recuperándose positivamente en función del progreso al que tanto aspiramos todos los salvadoreños, independientemente de cualquier diferencia. Hay que insistir sin descanso en este tipo de armonizaciones constructivas, que son las que nos llevarán por el camino de los logros efectivos y de las perspectivas cada vez más abiertas y seguras.

Lee también

Comentarios