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Sinceración

El declive de los partidos políticos se debe –primordialmente– a que sus cúpulas le han dado la espalda al pueblo y se han enfocado en luchar por el control del aparato estatal. Esta forma de gobernar ha consolidado el centralismo y descuidado la relación población-territorio, los servicios públicos a nivel local, la calidad de la educación y el combate contra la corrupción e impunidad.
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Rafael Ernesto Góchez / Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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Estas fallas han tenido repercusiones negativas: (1) descomposición del tejido social, (2) expansión del crimen y (3) emigración de talentos humanos.

Lo antes expuesto es un lado de una moneda, el otro lado es el papel de los gobernados. Por una parte, los representantes deben gobernar efectiva y transparentemente, y por otra, los representados deben usar su derecho a votar y velar porque se cumpla la Constitución de la República. La realidad nacional indica que ha llegado la hora de levantar la voz constructivamente y participar en la solución de los problemas comunes y cotidianos.

En este contexto, es conveniente reconocer los errores cometidos por los gobernados durante varias décadas. Tener conciencia de las fallas ciudadanas es clave para tomar decisiones acertadas y colaborar con procesos e iniciativas comunitarias, cívicas y sociales a favor de la sana convivencia y el bien común. Entre los desaciertos ciudadanos están los siguientes.

Desacierto 1. Creer en las promesas electorales (retórica ideológica) cada tres y cinco años. La ciudadanía sigue sin exigir idoneidad, honestidad y capacidad en los funcionarios públicos que son elegidos por el voto popular y los que son elegidos por sus representantes (diputados).

Desacierto 2. Evidente cortoplacismo y conformismo. La mayoría de salvadoreños improvisan sus acciones, guardan silencio ante los abusos e inmoralidades y depositan el rumbo del país en manos de personas que no confían. El riesgo de que la apatía y el caos conduzcan al autoritarismo es alto.

Desacierto 3. Vivir con un horizonte de 24 horas. El salvadoreño promedio es emprendedor (bueno para la cachada y rebusca), pero muchos coterráneos se gastan su quincena en una parranda. No hay cultura de ahorro, se invierte poco en la educación de los hijos y raramente se piensa en la vejez.

Desacierto 4. Marcado individualismo. A numerosos salvadoreños no les importa el bien común ni las futuras generaciones v. g. paternidad irresponsable, personas que manejan en estado de ebriedad y compatriotas que dejan abierto el chorro mientras se cepillan los dientes o se enjabonan el pelo.

Desacierto 5. Falta de disciplina e higiene. Esta debilidad se expresa en la impuntualidad y costumbre de manchar las paredes, orinar en la calle, escupir en el suelo y tirar la basura en cualquier lado. Todas las personas, familias, escuelas y comunidades pueden cambiar y actuar correctamente.

Conclusión: El Salvador saldrá adelante en la medida que sus ciudadanos pongan en marcha hábitos de vida para una sana convivencia y ejerzan sus derechos políticos, y que los gobernantes cumplan con lo especificado en la Constitución de la República. Consiguientemente, lo primero que se requiere es que la sociedad reconozca que está enferma. De hacerlo, surgirá un liderazgo democrático que active la participación ciudadana, priorice la educación y sume esfuerzos hacia objetivos comunes.

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