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Sinceridad, austeridad y orden son factores esenciales para enderezar las finanzas públicas en todo sentido

Para que la normalidad razonable se imponga es preciso que haya un alto en la retórica para dejarle paso al trabajo real. Es lo que se espera que ocurra de inmediato para que el país entero no tenga que pagar las consecuencias.
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Se está a las puertas de iniciar la discusión legislativa sobre el Presupuesto General del Estado correspondiente al año 2017, y tal discusión tendrá que producirse dentro de un ambiente de gran tensión fiscal, debido al enorme ahogo financiero que padecen las finanzas públicas. Lo que la racionalidad recomienda es tener siempre a tiempo lo necesario para cubrir todas las obligaciones asumidas, y en tal sentido hay que responsabilizarse en serio a la hora de contraer obligaciones. El ejercicio institucional, y más cuando hay tantas dificultades en juego, no puede semejarse a una partida de azar. Eso sería apostarle a la inseguridad y a la inestabilidad sin fin.

Como se necesita mayoría calificada para aprobar nuevos créditos, lo que urge en primer término es construir acuerdo sustancial y sustentable entre el FMLN y ARENA para que eso se haga factible cuando se requiera. La realidad presiona cada vez más, y lo que falta es que las fuerzas políticas entren en la ruta de los consensos básicos. Desafortunadamente las descalificaciones mutuas antes de emprender esa labor indispensable y urgente mantienen una parálisis de acción que es el mejor escenario de la crisis. Para que la normalidad razonable se imponga es preciso que haya un alto en la retórica para dejarle paso al trabajo real. Si esto no ocurre, se producen decisiones para salir del paso como la que se dio ayer sobre pensiones.

En lo que al Presupuesto General y a todas sus implicaciones se refiere, no cabe duda de que, para cumplir de veras los mandatos constitucionales al respecto, es indispensable poner en función tres componentes elementales: sinceridad, austeridad y orden, que han faltado de manera crasa e irresponsable desde hace ya bastante tiempo. Ante la imposibilidad de presentar Presupuestos realistas que no requieran financiamientos crediticios, lo que se ha venido haciendo es estructurarlos de manera artificiosa, con ingresos no alcanzables y con gastos ocultos. Eso ya no da más de sí, y por eso ahora hay que asumir la verdad presupuestaria, que exige sincerar ingresos y gastos. En cuanto a éstos, no se puede seguir en el alegre dispendio, como si la caja disponible no tuviera fin. La austeridad ya no es opcional, y hay que practicarla de manera ordenada y permanente, para no exponerse más a lo que hoy estamos pasando.

Y, desde luego, el tiempo apremia. A fin de que se inicie ahora mismo la tarea de enderezar las finanzas públicas, comenzando por lo necesario para evitar trastornos irremediables como serían los derivados de cualquier tipo de impago, resulta indispensable que las voluntades constructivas y correctivas se pongan al hilo sin más tardanza. Lo determinante de entrada es que ya no se siga en el juego de las descalificaciones, porque el trabajo debe estar por encima de todo eso. Ya vendrán las campañas electorales para desahogar todo lo que se quiera: hoy lo apremiante es que la institucionalidad recobre coherencia y que el país recupere confianza.

Cuando las cosas se dejan llegar al punto en que están hoy en el país no queda más remedio que entrar en emergencia correctiva. En tales condiciones, no debe haber atrincheramiento que valga, de parte de nadie. Hay que hacer que la madurez elemental se imponga, porque el proceso lo permite y lo demanda sin excusas válidas de ninguna índole.

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