Situación excepcional, medida excepcional

El duro presente de la inseguridad en el país plantea un profundo reto a todas las instituciones involucradas.
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Los ataques sin estupor contra los policías, las infiltraciones dentro de la PNC, Fuerza Armada y Órgano Judicial, los insólitos escenarios en que un mercado es disputado abiertamente por dos pandillas para el cobro de las extorsiones, las muertes por caminar en una acera controlada por una mara u otra, los territorios absolutamente controlados por los delincuentes en donde mujeres, hombres y niñas deben sucumbir a vejámenes sin que nadie los pueda ayudar, el contrabando de armas de grueso calibre, el control de las cárceles y traslados cuestionados, y muchos otros ejemplos de inseguridad que pudiera seguir enumerando, exigen medidas excepcionales. Guste o no. Suene a traumas del pasado o no.

Este tema de las medidas de excepción, debo confesar, tiene un sabor añejo pues ya en otras ocasiones, no solo su persona, sino muchos otros analistas, funcionarios y otros con mayor conocimiento en materia de derecho y seguridad, ha sido planteado, pero por razones increíbles no se ha actuado de forma sostenida. Pero no por añejos hay que continuar insistiendo en que se debe hacer.

Recuerdo planes de los gabinetes de Seguridad de los periodos 2004-2009 y 2009-2014, los cuales fueron presentados en pantallas gigantes con presentaciones y explicación de detalles, nutridos con las ideas y planteamientos de mesas previas de discusión, pero cuyos ejes de acción quedaron a medias, y no solo por falta de financiamiento, sino también por falta de voluntad y convicción férrea para sostener una medida anticrisis y excepcional. Ejes que también se diluyeron en el añejo debate al calor de las pesadillas del pasado y en la imposición del derecho humano del criminal por sobre los derechos humanos de las víctimas que se cuentan ya por miles. Y allí nos la hemos ido pasando en etéreas discusiones y señalamientos absurdos, mientras los delincuentes han ido evolucionando en sus operaciones, avanzando en el control del territorio, en la adquisición de armamento y en el empoderamiento de forma tal que retan y enfrentan a policías y soldados y los matan hasta en sus propias delegaciones.

Algunas de esas acciones, recuerdo, fue tomar un territorio para controlarlo y devolverlo al Estado. Pocas semanas duró ese operativo y las autoridades abandonaron. Meses después, se hizo la bendita tregua que al parecer de nuevo se quiere poner como maquillaje de solución. Hubo muchos otros anuncios que jamás vieron terreno.

A lo largo de estas discusiones he escuchado algunos decir que las medidas excepcionales son cosas del pasado, de la era militar, que viola derechos humanos, que eso está ligado a los planes “mano dura”, pero extraño es que esas voces no critican con vehemencia los ultrajes de los criminales en los territorios, evitan hablar de los éxodos por miedo, de las violaciones y abusos sexuales cometidos en los propios hogares en una familia rehén de una pandilla, asesinatos, extorsiones y como siempre prefieren señalar a otros y de preferencia, claro, a los medios de comunicación como guion ensayado y cómplice. Incluso, como parte de ese guion, no faltan los ciegos por ideología y cuentas de identidades apócrifas que dice que señalar el asunto de la inseguridad es asunto del momento electoral. Sin embargo, la habladuría poco ayuda en esta situación cruenta que estamos viviendo por la delincuencia. Los hechos nadie se los inventa. El asunto es tomar las riendas y los pantalones para medidas que la misma Constitución de la República contempla, para dar un respiro a este país y una sólida señal de autoridad.

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