Lo más visto

Más de Opinión

Sobre el esfuerzo negociador que dio inicio el miércoles 13 de septiembre de 1989 y concluyó el jueves 16 de enero de 1992

Aquella primera cita tenía que dar un mensaje de continuidad, y por eso todos nos esforzamos en producir un primer acuerdo, que se concretó el 15 de septiembre, antes de cerrar el encuentro.

Enlace copiado
David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

Enlace copiado

La guerra interna en nuestro país llevaba ya más de 9 años en el terreno, ya que empezó a manifestarse como tal allá por mayo de 1980. Durante todo ese tiempo, la Guerra Fría movió cuanto pudo para arribar a la solución militar, que cada vez parecía menos factible. A estas alturas aún no hay análisis confiables sobre ese fenómeno que, dadas las condiciones imperantes entonces, tiene mucho de inverosímil; pero lo cierto en los hechos es que 1989, desde su inicio, había traído señales que apuntaban a la factibilidad de la solución política. La llegada de Alfredo Cristiani y del partido ARENA a la Presidencia de la República operó como un motor en ese sentido, aunque muchos imaginaran que dicho arribo impulsaría la opción de las armas. Otro despiste de percepción.

A partir del 1.º de junio de 1989 se comenzaron a activar los esfuerzos para llegar a la mesa de negociación permanente. La permanencia era decisiva para no estar en los encuentros de unas horas sin ningún compromiso de tratar la problemática en forma disciplinada y con posibilidad de soluciones. No fue fácil configurar la delegación del Gobierno, porque muchos de los convocados se negaron, de seguro porque los elementos de convicción de que la cosa iba en serio eran escasos. Pero al fin se fijó como fecha de inicio de la primera reunión, en México D. F., el 13 de septiembre por la mañana. El lugar eran las instalaciones del Seguro Social en el Perisur, y estaríamos hospedados en el Hotel Paraíso Radisson de la zona.

Aquella primera cita tenía que dar un mensaje de continuidad, y por eso todos nos esforzamos en producir un primer acuerdo, que se concretó el 15 de septiembre, antes de cerrar el encuentro. Fue el Acuerdo de México, que sentaba algunas bases para continuar. Reitero aquí, porque es de seguro el fruto más valioso de aquel inicio, que desde el momento en que nos sentamos a la mesa imperó una atmósfera de respeto mutuo sin fisuras de ninguna índole. Esto lo destaco con especial énfasis porque el contraste con lo que hoy ocurre en el escenario político es patético: hasta dentro de los partidos hay acusaciones e insultos fuera de todo control. Se dicen de todo a la menor provocación, porque la guerra de las actitudes y de las conductas es mucho más violenta que la guerra de las armas. Es una terrible realidad cotidiana en el ambiente saturado de intolerancia y de agresividad. La pregunta obligada al respecto es: ¿Qué nos pasa?

He querido revivir en esta ocasión las sensaciones gratificantes de aquel comienzo de la negociación en pleno conflicto bélico para insistir en una convicción de siempre: los salvadoreños somos capaces de funcionar racionalmente, pero la normalidad parece que nos confunde. Habría que calar analíticamente en esta condición anímica reiterada, para poder reorientar las acciones y las reacciones hacia el plano de la lucidez y del buen tino.

Una vez iniciado el proceso negociador sólo hubo un lapso de suspensión no formal, que se dio cuando el FMLN lanzó su Ofensiva hasta el Tope en noviembre de aquel mismo año. Se ha querido justificar tal proceder con el argumento de que se hacía para consolidar la vía de la negociación definitiva, pero tal argumento no se sostiene en los hechos, porque lo que se colige de lo actuado y de lo resultante de lo actuado es que lo que se buscaba era volver a la mesa con la fortaleza militar que permitiera imponer condiciones. Eso no sólo no se produjo, sino que se dio lo contrario: ambas partes quedaron militarmente más debilitadas después de la Ofensiva, y eso sí favoreció el desempeño negociador que siguió. Aquí se demuestra una vez más que la historia tiene razones que la pasión política no entiende.

Después de los acercamientos del caso, la negociación se reanudó en la mesa en forma reservada en México para definir lo que sería el Acuerdo de Ginebra de abril de 1990. Tuve el privilegio de estar en esa pequeña mesa que armó el texto de dicho Acuerdo, y puedo dar testimonio de que aun después de todo lo que había pasado el proceso seguía intacto en sus propósitos y en su método.

Y ya que surge la palabra hay que ponerla de relieve en todo lo que vale y significa: el método es sustancialmente clave en todo esfuerzo de entendimiento que quiera de veras llegar a buen fin. Es lo que ha faltado desde entonces y lo que sigue faltando, con los desafortunados efectos que vemos en el día a día. Aprendamos de la experiencia, no para repetirla sino para reivindicar sus lecciones.

Lee también

Comentarios