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Sobre las mujeres

Hace no muchos años, cuando la vida parecía más larga, pocos teléfonos, intercambio de cartas, conquistas amorosas iniciadas por el hombre, tiempos de serenatas; las mujeres aspiraban cuanto más a ser enfermeras, profesoras o secretarias; otras se decantaban por los oficios o empleos: costurera, panadera, cosmetóloga, dependiente de farmacias, almacenes; servicios domésticos...
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No todas se maquillaban, no todas fumaban; tiempos de comidas saludables. No faltaron, claro, la prostitución, los hombres golpeadores, e incluso alguna tragedia mayor (por algo se escribieron canciones como “El preso número nueve”, “Señor abogado”).

Pero había una atmósfera generalizada de respeto hacia la mujer, máxime si eran ancianas, embarazadas, chineando niños, con cargas en la cabeza o paradas en los buses. En un pleito, si incursionaba una matriarca para indicar orden, por anciana o débil que pareciera, los ánimos se caldeaban. Los piropos no eran ofensivos, al contrario, eran palabras bonitas no catalogadas como “violencia”. El hombre siempre ha llegado hasta donde la mujer lo permite... Ya como pareja, creo que siempre ha sido igual en cuanto al afecto, al acoplamiento, esos dos primeros años tremendos tanto en amor, pasión y sexualidad, como en ganas de mandar al diablo todo y divorciarnos. Y entre sufrimientos y alegrías, paulatinamente se entraba a la madurez y a la vejez, graduadas como inolvidables “consejeras”.

El ser humano es lo más amado para Dios, y también lo más difícil, dada nuestra inteligencia y libre albedrío. Día a día descubrimos e inventamos tecnologías, nos liberamos de ataduras en busca de libertad, equidad, justicia e igualdad; las mujeres somos tan capaces como los hombres, nos desempeñamos como ellos, le entramos a todo; y eso está bien. Pero la temeridad, hija de la ignorancia, esclava de los sentidos y los deseos, nos puede introducir en infiernos de puertas gloriosas, donde se agazapa el diablo de embarazos no deseados, enfermedades mortales, ruptura del matrimonio, abandono de los hijos, pérdida de oportunidades, entablar amistades y amores peligrosos, servir de fiadores, inmanejables tarjetas de crédito... ¿Y dónde encajan las leyes y las instituciones, estando una mujer atascada así, cosechando lo que ha sembrado?... Si ha quedado viva, ayudarla en el marco de la ley (en su espíritu, solo Dios); si está muerta, rezar.

Las mujeres valemos, somos inteligentes, capaces, maduras, pero frágiles físicamente. Nuestra consistencia biológica y espiritual debe marcar nuestros pasos para autoprotegernos, esquivar peligros, usar nuestras tácticas innatas para adivinar pensamientos e intenciones ajenos; que nadie nos obligue a nada, que no nos fascinen con trinquetes ni cantos de sirena; que antes de amar a otros nos amemos nosotras, que calibremos nuestro inmenso valor; que no seamos alfombra de sucios y ponzoñosos cascos; no ser escogidas sino escoger; no permitir contramarcas en nuestra alma; que si nos embarazarnos sea con conciencia, seguridad y satisfacción, para encauzar a ese nuevo ser por un camino saludable... ¡Y que seamos fuertes y valientes para salir de atolladeros!

A excepción de las desgracias fortuitas, si no nos conducimos adecuadamente, no habrá leyes ni instituciones suficientes para ayudarnos. Nuestra principal ley debe ser la autoprevención-protección; escoger sabiamente con quién relacionarnos; no perdernos en el físico sino explorar el interior (hay feos lindísimos); estar en guardia y no permitir atropellos. Huir como gacelas; decir “no” (aunque bien quisiéramos). Al enemigo no se le persigue, se le espera. Ninguna mujer merece ser maltratada; de nosotras depende. Pensémoslo.

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