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Sobre los desafíos económicos de Cuba en este crucial momento de su historia (II)

De la transformación y progreso económico acelerados dependerá la legitimidad política del nuevo liderazgo que comenzará a gobernar en 5 años. ¿Será Trump suficientemente pragmático para dejar a Cuba en paz alentando el histórico proceso iniciado por Obama?
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En mi última noche en La Habana estuve muy cerca de los principales dirigentes de las FARC, oyendo y aplaudiendo con toda la audiencia a un gran Maestro, el consagrado compositor y pianista Frank Fernández en un concierto público en la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís, con la Orquesta de Cámara “Nuestro Tiempo”. Afirmando que Fidel “fue siempre un guerrillero” Fernández se dirigió a Timochenko y sus compañeros sentados en la fila anterior a la nuestra, diciéndoles “es mucho más difícil ser guerrillero en la paz que en la guerra”, expresándoles sus mejores deseos...

De esto dan fe los comunistas cubanos que conmemorarán próximamente el 60.º aniversario del triunfo de la revolución. Pero en 5 años más, ya no estará en el poder ninguno de sus dirigentes históricos y una nueva generación de líderes sin mayor legitimidad política enfrentará un enorme desafío: acelerar la integración a la economía internacional para que el pueblo prospere económica y socialmente, generando buenos empleos y salarios, y excedentes crecientes para preservar y mejorar los logros de la revolución en educación, salud, arte, cultura y deportes.

Raúl Castro, el segundo y último líder histórico, pero también el de la reforma económica y de la transición entre el liderazgo omnipresente de Fidel y el de la nueva generación de líderes, dejará la presidencia en febrero de 2018. Seguirá siendo líder del partido hasta abril de 2021, conduciendo la transición política, económica e institucional.

La reforma económica que concluyó hace un año se hizo bajo la perspectiva que los precios del petróleo continuarían siendo altos, con los mismos niveles de cooperación de Venezuela y otros países petroleros a los que hasta 2014 compraron a Cuba servicios profesionales por un monto de $8 mil millones, la mitad de los ingresos totales del exterior. Solo una cuarta parte de su monto, o aun menos, son pagados a los técnicos y profesionales, quedándose el Estado –que tanto invirtió en su formación– con más de $6 mil millones, la más rentable de las exportaciones. Al caer severamente el precio de petróleo, toda la cadena de valor cayó correlativamente, pagando la economía sus consecuencias, reduciéndose 0.9 % en 2106 con proyecciones de una reducción adicional en 2017, habiéndose iniciado ya un ajuste moderado.

Gran parte de los jóvenes cubanos con tanta educación quieren irse, aparentemente más por falta de oportunidades económicas que por ausencia de libertades políticas. Quieren empleos e ingresos mucho mejores y progreso para sus familias, sin ver futuro en la economía centralizada en que vivieron sus abuelos, sus padres y ahora ellos, aunque su “mínimo vital” haya sido más alto y garantizado que en cualquier país de Latinoamérica.

Desde la pesadilla del “período especial” de los noventa cuando colapsó el socialismo real y la enorme cooperación de la Unión Soviética, hay más libertad para emprender pequeños negocios por cuenta propia, avanzando el “cuenta propismo” en las últimas dos décadas. Pero fresca está la memoria de las innumerables veces que estos emprendedores fueron desalentados o reprimidos cuando estaban progresando, sin evidencias –todavía– que Raúl y su política económica desee alentar o promover la iniciativa privada y el mercado.

Desde el inicio de la normalización de relaciones con Estados Unidos y la histórica visita del presidente Obama, las perspectivas son mejores, y de levantarse el embargo, mucho mejores. Tanto el turismo como las remesas van para arriba y los potenciales inversionistas en rubros diversos crecen cada día en una economía de enormes potencialidades. Pero en Cuba las decisiones son ahora más lentas con el estilo consensuado de Raúl. Aún más cuando se trata de inversiones privadas internacionales identificadas por muchos en la cúpula del poder con el desarrollo del capitalismo y el principio del fin del socialismo.

En la medida que avancen las grandes inversiones y asocios público-privados en infraestructura y logística, energía y transporte, agroindustria, turismo, bio-medicina y tantos otros rubros donde la nueva economía cubana será muy competitiva, crecerán las presiones para desarrollar una eficiente economía de mercado capaz de ofrecer los bienes y servicios que las empresas del Estado serán incapaces de proveer. Solo el mercado, con las respectivas regulaciones del Estado, será capaz de tender los miles de puentes y proveer tecnologías diversas y complejas, a precios y tiempos menores, en cantidades y calidades mayores, requeridas para el desarrollo económico, social y tecnológico. Esta exigencia del proceso será más evidente en la medida que Cuba vaya desarrollando sus grandes apuestas estratégicas con las mejores opciones público-privadas. Tanto el modelo chino como el vietnamita serán referentes del nuevo modelo económico, al menos en la próxima década.

De la transformación y progreso económico acelerado dependerá la legitimidad política del nuevo liderazgo que comenzará a gobernar en 5 años. ¿Será Trump suficientemente pragmático para dejar a Cuba en paz alentando el histórico proceso iniciado por Obama?

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