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Opinión Sobreviviendo a la cuarentena

Sobrevivir a un virus: una forma de resistencia

“Alguien sugería que la enfermedad se debía a algún encantamiento de brujas, o a magia negra perpetrada por extranjeros o peregrinos de paso, y en seguida individuos inocentes, pobres viejas dementes o inmigrantes no integrados eran inmolados entre crudelísimas torturas.”: Francisco Crussí (“La epidemia: una perspectiva histórica”, publicado en Letras Libres, Junio 30 del 2009)

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En un pequeño país. Centroamérica. Navidad del año 2019.

Esas son las coordenadas necesarias para entender una marea de hechos, que, entremezclados, nos sitúan en el hoy, en lo que en palabras del documentalista João Moreira Salles sería “el intenso ahora”. En esta nube espesa que atraviesa múltiples condiciones del espectro humano.

El río de la posguerra ha desembocado en un capítulo que, me parece, será recordado particularmente en el futuro: la pandemia del siglo XXI. La periodista Naomi Klain definiría esta coyuntura como un “estado de shock”, siempre eficaz para desestabilizar poblaciones. Un estado de shock es aquel momento en el que algo extraordinario sucede a niveles colectivos y genera miedo e incertidumbre, y obliga a tomar medidas que cambian, radical o superficialmente, el modo de operar de las sociedades o grupos específicos dentro de las ciudadanías.

La víspera de la navidad de 2019 estuvo acompañada de expectación acerca del nuevo Gobierno de El Salvador. Todas las personas se preguntaban qué sería de los cambios generados por el Gobierno, liderado por el partido Nuevas Ideas.

El mundo se enfermó. Así nomás. COVID-19, el SIDA del siglo XXI, o peor, en el sentido mediático de la palabra. El mundo empezó a encerrarse, y los animales comenzaron a llegar a las ciudades vacías de Europa e India, habitando el espacio que han arrebatado los hombres civilizados.

Así estamos. En una distopía extraña, en donde el campo de juego, de trabajo, o batalla, se amplía cada vez más, tal cual lo propone el autor Michel Houllebecq. Se amplía porque el peligro, dicen los medios, está en todas partes.

Y de hecho sí: en la economía, en la salud, en la soberanía alimentaria, en la seguridad, en la libertad de tránsito, en la libertad de reunión y convivencia.

Sin embargo, está presente el factor de otro virus que es un poco ruidoso: el virus del pánico.

Un pánico difundido por los discursos de prevención-control, un pánico generado por las falsas noticias, que, afortunadamente, ya se están considerando crímenes. Un pánico que atiende a una situación real, pero que al mismo tiempo hace que nos desatengamos de otras cuestiones fundamentales. El sentido de comunidad, por ejemplo.

La empatía por aquellos que no pueden simplemente quedarse en casa, porque si no salen a trabajar, no pueden tener algo en los bolsillos para comer, comprar medicinas, comer y volver a trabajar. Gastar en el transporte público, hacer de los pasillos tambaleantes de los buses la primera oportunidad para vender cualquier cosa, a veces dulces, o ropa, o cosméticos, y así hasta llegar a la etiqueta que nos puso el poeta Dalton: “los vendelotodo”.

Podemos traer a la memoria la gripe aviar, la H1N1 o gripe porcina y hoy el COVID-19, que dentro de los múltiples orígenes está la versión de que ha nacido por contagios causados de personas que comieron cierto tipo de carne animal. Su origen aún es fuente de discusión, pero lo cierto es que este tipo de crisis también pone en cuestionamiento ese trato, esa relación constante entre humanos y animales. Relación desigual, de violencia y holocausto, se vea por donde se vea.

Slavoj Zizeck, el filósofo esloveno, sacudió a través del Russia Today, aun cuando la crisis todavía no se había agudizado, en los últimos días de febrero, diciendo que el COVID-19, ha sido un golpe fuerte para el sistema global de transacción de capitales. No es una novedad ni es algo que ignoramos. Lo importante aquí es repensarnos como individuos en ese sistema.

¿Cómo nuestras precarias y golpeadas democracias enfrentan el problema en todas sus aristas?, ¿cómo prevenimos también no sentirnos atolondrados por la incertidumbre de las noticias falsas y reales?

Hace algún tiempo, mientras hablaba con un grupo de amigos y amigas, alguien dijo algo así como: “Pronto será el fin del tercer mundo”.

Repienso en la frase en nuestro contexto, y me parece que el final del tercer mundo no sería sino el principio del final del primer mundo. En sí mismo lo es. En el “tercer mundo” acaba el sueño del “primer mundo”, pero entre las brechas del primero, el segundo, o el tercero, no hay en verdad nada más que humanidad que se enferma, que trabaja, que baila e intenta día con día ser feliz. En todos los mundos hay odio, y es el virus más grande cuya cura aún no queremos encontrar.

En una postal italiana ilustrada, firmada con el lema “Tanti Auguri”, que traducido quiere decir “Buenos deseos”, aparecen personas desde sus balcones con guitarras y cacerolas. Esta imagen hace alusión al 15 de marzo, día en el que, en algunas ciudades de Italia, muchos habitantes salieron a sus ventanas a cantar el himno y aplaudir a los médicos. La postal no tiene firma de autor, pero circula en Facebook con una leyenda relatada por el doctor Ira Byock, en donde dice que la antropóloga Margaret Mead dijo a uno de sus estudiantes que la civilización no comienza en el invento de las máquinas, sino en el ayudar a otro cuando este lo necesita.

La crisis del COVID-19 nos empuja a reconstruir escombros de ruinas, a no romantizar el #QuédateEnCasa, como decimos algunos; a pensar en medidas para regenerar tejidos sociales, implementar modelos culturales que nos enseñen sobre dignidad y cooperación, porque también, y esto me lo planteó un comunicado de la editorial colombiana Laguna: “¿Cuál es el papel de la cultura en todo esto?”, ¿basta con liberar libros, series y películas para sobrevivir a la encerrona?

Es muy curioso que la crisis COVID-19 sucede después de que la productora audiovisual Black Coyote lanzara una adaptación teatral de “La guerra de los mundos”, en donde la gente se vuelve loca por la narración radiofónica de una invasión alienígena ficticia. La primera fake news de la historia, dirían algunos.

Internacionalmente se actúa como la sociedad de esos tiempos actuó frente a los invasores. Pero hoy el invasor es real, invisible, y escala muchas esferas de nuestro mundo humano. Es así como nos queda una lección enorme: nuestras comunidades están debilitadas por la historia, por las reformas económicas. Es hora de pensar en el después de la crisis, e intentar levantarnos bajo un sol distinto. Reanudar las luchas contra el virus de la indiferencia y la desigualdad, que sigue enfermando a nuestros países, desde que el mundo se dividió en no dos, sino varias partes.


 

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