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Solemnidad de María Madre de Dios

El primero de enero, la Iglesia Universal celebra la festividad de Santa María Madre de Dios. El papa Francisco, en una de sus homilías, ha dicho:
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Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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“Queremos recibir a María en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos, que somos de la misma carne”.

Recordemos la actitud de María descrita en el Evangelio de San Lucas. María es la mujer que sabe conservar, es decir, proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo. En María, el Verbo Eterno no solo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa.

Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año significa recordar una certeza que acompañará nuestra vida: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos. Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías.

Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el sabor a hogar. Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar solo al cálculo y a la especulación. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza.

Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en los rostros de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios.

Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una sociedad, de una familia, las personas podemos encontrar el clima, el calor que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a consumir y ser consumidos. Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios.

Celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en la sociedad que nos une y nos ayuda. Ya que, celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre y debemos confesar juntos esta verdad.

Acudamos a Santa María Madre Dios y Madre Nuestra, para pedirle que nos ayude a vivir este año que comienza, a estar siempre cerquita de Ella y de su Hijo, en nuestro trabajo y en todas las demás situaciones de nuestra vida: familia, amigos, vecinos, compatriotas y la sociedad en general, pensando siempre en los demás.

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