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Solemnidad de la Inmaculada Concepción

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Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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En una de sus homilías, de la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, san Juan Pablo II decía: "Este es el día en que confesamos que María –elegida de modo particular y eternamente por Dios en su amoroso designio de salvación– ha experimentado también de modo especial la salvación: fue redimida de modo excepcional por obra de Aquel, a quien Ella, como Virgen Madre, debía transmitir la vida humana".

San Pablo en la Carta a los Efesios escribe: "Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido, en la persona de Cristo, con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la Persona de Cristo –antes de crear el mundo– para que fuésemos santos e irreprochables en Él por el amor".

Estas palabras se refieren de modo particular y que "fue elegida en Cristo antes de la creación del mundo", porque de modo único e irrepetible fue elegida para Cristo, fue destinada a Él para ser Madre.

Luego, el Apóstol, desarrollando la misma idea de su Carta a los Efesios, escribe: "...Nos ha destinado (Dios) en la Persona de Cristo –por pura iniciativa suya– a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya".

Y también estas palabras –en cuanto se refieren a todos los cristianos– se refieren a María de modo excepcional. Ella –precisamente Ella como Madre– ha adquirido en el grado más alto la "adopción divina": elegida para ser hija adoptiva en el eterno Hijo de Dios, precisamente porque Él debía llegar a ser, en la economía divina de la salvación, su verdadero Hijo, nacido de Ella, y por esto Hijo del Hombre: Ella como frecuentemente decimos: ¡Hija amada de Dios Padre!

Y finalmente escribe el Apóstol: "Con Cristo hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria".

Nadie de modo más pleno, más absoluto y más radical "ha esperado" en Cristo como su propia Madre, María. Y tampoco nadie tanto como Ella "ha sido hecha heredera en Él", ¡en Cristo! Y nadie ha sido más semejante a Él, no solo con la semejanza natural de la Madre con el Hijo, sino con la semejanza del Espíritu y de la santidad.

Y porque nadie tanto como Ella existía "conforme al designio de la voluntad de Dios", nadie en este mundo existía tanto como Ella "para alabanza de su gloria", porque nadie existía en Cristo y por Cristo tanto como Aquella, gracias a la cual Cristo nació en la tierra.

He aquí la alabanza de la Inmaculada, que la liturgia de la fiesta proclama con las palabras de la Carta a los Efesios. Toda esta riqueza de la teología de san Pablo se puede encontrar encerrada también en estas palabras de san Lucas: "Llena de gracia".

La Inmaculada Concepción es un particular misterio de la fe, y es también una solemnidad particular. Es la fiesta de Adviento por excelencia.

Por eso, hemos de pedir a María que nos consiga estar muy cerca de Su Hijo.

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  • Inmaculada Concepción de la Virgen María
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