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Solidaridad

Con gente de poca confianza en el poder se justifica aun más nuestro deber: controlar todos sus movimientos, actos y decisiones.

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Florent Zemmouche

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Frente a la irresponsabilidad de un gobierno que, como en las redes sociales, no llega a todas partes y rincones del país, hay que saludar y felicitar las múltiples manifestaciones de solidaridad que se han dado en nuestro país para ayudar a nuestros compatriotas en dificultad. Y son muchísimos.

Es una doble realidad que no se puede ignorar: la terrible e infinita miseria que roe a nuestro pueblo y el heroísmo de algunos que intentan como pueden de ayudar y compensar la ausencia de un Estado en los territorios y gente que ha abandonado desde hace varios años. Pero para ver y darse cuenta de tal situación, hay que despegarse del teléfono, salir de la famosa burbuja para quitarse las anteojeras que funcionan como un convoy presidencial: una misma ruta, recta y rápida, en la que solo se ve lo que se quiere ver. En ningún caso, la realidad. En ningún caso, la cantidad de banderas que han pintado nuestros paisajes de blanco. La bandera blanca es símbolo de paz. Esta vez, gracias a nuestro presidente, la bandera blanca viste un nuevo significado: el hambre. La gente ya no solo quiere paz, quiere y necesita comida.

Frente a un gobierno de boca grande y de patas cortas, menos mal que están todos aquellos individuos que ayudan, cuya identidad no citaré porque son demasiados y porque la solidaridad es más bella cuando es anónima. Cada persona que haya ayudado, aunque sea simbólicamente, se reconocerá. En estos temas la cantidad no importa; solo cuentan el gesto y la voluntad. Así se han repartido centenares de canastas con productos básicos, para tener algo que comer aunque sea una vez al día, se ha ayudado a construir casas y techos, y más que nada, se han aportado sonrisas, apoyo, miradas, compasión: consideración para personas olvidadas del poder bajo tierra. Personas de las que nunca nadie se había ocupado, y que hacen tanto todos los días, en silencio y sin pedir nada, mientras que necesitan tanto.

Esa solidaridad que se hace todos los días sin videos de propaganda política es uno de los fenómenos positivos que han nacido durante la crisis y que otorgan un horizonte de esperanza. Y es una de las grandes paradojas insolubles de nuestro país: somos una de las sociedades más violentas del mundo y al mismo tiempo, una de las más amorosas, humildes y trabajadoras, si no la más amable del mundo. Quizás sea lo uno por lo otro; el precio que pagar.

Así reacciona y se organiza un pueblo que no le queda de otra que atenerse a sí mismo por culpa de ineficiencia, improvisación e ignorancia de los que gobiernan o que piensan gobernar. Con gente de poca confianza en el poder se justifica aun más nuestro deber: controlar todos sus movimientos, actos y decisiones. Algunos interrogan aun la importancia de la transparencia de las cuentas cuando Bukele gasta más de 500 mil dólares en una medicina peligrosa. Tanto desperdicio cuando gente se muere del hambre. Errores que se cometen porque Bukele decide solito. ¿Dónde están los especialistas? ¿Un consejo de médicos y expertos? Al contrario, es el presidente que piensa saber cómo se cura el coronavirus, y lo que se debe administrar a los enfermos. Esta columna hubiera podido tener varios títulos: transparencia, hambre o ignorancia. Pero prefiero quedarme con un toque de optimismo: solidaridad.

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  • solidaridad
  • realidad
  • bandera blanca
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