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Sólo la confianza en el país y la fe en el futuro pueden hacer que salgamos adelante (1)

Aunque parezca un simple repunte de idealismo, lo que en verdad significan la confianza y la fe es la resiembra de lo humano más profundo y valedero. Y precisemos: confianza en el país y fe en el futuro.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Nos movemos en un mundo multipolar, que se caracteriza por la apertura de prácticamente todas las viejas fronteras que parecían intocables. Eso significa, en primer lugar, que van desapareciendo en forma acelerada los artificios protectores que se daban en todos los niveles de la realidad, desde los que los que les servían a los individuos hasta los que correspondían a las naciones. Esto provoca, de entrada, una especie de inseguridad general, que hace que los que vivimos en esta coyuntura histórica nos sintamos expuestos a las más variadas amenazas y asedios sin precedentes. No es de extrañar, entonces, que cundan la incertidumbre y el miedo, como si fueran invasiones epidémicas que se propagan por todas partes. Y al ser así, nadie puede sentirse a salvo, ni en las grandes urbes ni en las aldeas remotas.

Y ante la globalización de los factores disruptivos lo que se impone es poner a actuar también globalmente los factores asertivos. Esto se dice fácilmente, pero es de muy dificultosa puesta en práctica, porque implica, entre otras cosas fundamentales, un reciclaje de actitudes frente al fenómeno real, que permita trascender de lo negativo hacia lo positivo, lo cual en todo tiempo y lugar es el tránsito que más cuesta hacer. Con sólo abrir el mapamundi de nuestros días se evidencia al instante que no hay región ni sociedad que pueda considerarse ajena a estas transfiguraciones necesarias. Cambian las intensidades y los matices, pero la lección más clara de nuestros días es la que nos lleva a sentir y a considerar que aquel mundo en que la civilización repartida en parcelas definidas para siempre era el más infundado artificio.

En ese panorama, nuestro país tiene ventajas inimaginadas y también desafíos sin precedentes. Y todo eso está ahí, independientemente de que queramos verlo o no. Las ventajas se nos presentan como signos de los tiempos y los desafíos se nos encaran como apuestas de futuro. Y eso tiene consecuencias que no se pueden eludir impunemente: tanto las ventajas como los desafíos son ejercicios de vida; y por consiguiente, opciones de autorrealización. Y la pregunta inmediata no se hace esperar: ¿De dónde hay que partir para alcanzar los objetivos propuestos? La respuesta resulta inexcusable: De la confianza y de la fe. Aunque parezca un simple repunte de idealismo, lo que en verdad significan la confianza y la fe es la resiembra de lo humano más profundo y valedero. Y precisemos: confianza en el país y fe en el futuro.

Muchas de las experiencias que se han venido dando en El Salvador en los tiempos más recientes han sido viveros de desconfianza sobre las capacidades nacionales para construir viabilidad y asegurar progreso; pero también ha habido experiencias trascendentales en el plano positivo, como la solución política de la guerra interna y la estabilidad democrática imperante desde entonces. ¿Por qué, entonces, la negatividad prevalece de modo tan espontáneo y, en crudo contraste, la positividad queda siempre relegada al puesto de lo irrelevante? Es la actitud nacional la que se impone: haber ido perdiendo identidad, negarse a analizar lo propio con voluntad de arraigo, subvalorar nuestras virtudes y nuestras capacidades... Y reconocer todas esas falencias tendría que ser el primer paso hacia un nuevo rumbo.

Eso no puede ser un mecanismo de activación automática, porque si algo resulta complejo y dificultoso es el cambio de actitudes, y más cuando se trata de reconstruir eso que llamamos autopercepciones. De ahí que necesitemos reprogramación de la conciencia nacional, para reconectarla con lo que somos y con lo que queremos ser. Traigo a la memoria aquí una enseñanza esencial que recibí en mis primeros años de vida de mi abuela materna, una alemana nacida en Nuevo México, que es una zona mágica, y que se vino a vivir para siempre a El Salvador donde formó familia: “Este es el mejor país del mundo”, me decía, refiriéndose a El Salvador, allá en nuestra casita cercana al Parque Bolívar y luego en nuestra reducida morada en el Pasaje Rovira. Se me grabó en el alma, y tal sentimiento está ahí para siempre.

El año comienza, y este día es 6 de enero, el Día de los Reyes Magos, que llegaron al pesebre de Belén a dejarle sus obsequios al Niño Dios recién nacido. Este, pues, es día de dar y de recibir. Démosle al país todo el amor que se merece y recibamos de él toda la inspiración que nos merecemos. Hay que entender sin reservas que vivir es un don insuperable, y que vivir en un lugar como éste es la consagración del don original, sean cuales fueren las adversidades que nos rodeen. Recuperar El Salvador debe ser la meta de todos.

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