Sólo la confianza en el país y la fe en el futuro pueden hacer que salgamos adelante (y 2)

Y cuando hablamos de fe en el futuro no estamos haciendo una apuesta idealista, sino moviendo la voluntad hacia el ejercicio práctico que realmente merezca el nombre de tal. Porque hay que reafirmar el hecho de que la fe, cuando está bien planteada y bien asumida, es lo más realista que existe.
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Columnista de LA PRENSA GRÁFICALa fe en el futuro es elemento absolutamente indispensable para darle al diario vivir el insumo que necesita para que podamos tener una vivenciable sensación de destino. Al respecto hay que decir, de entrada, que el destino es siempre una misión por hacer, como si lo que se nos entregara al inicio de la vida fuera un conjunto de piezas sueltas, dejándole a cada quien la capacidad de formar su propio rompecabezas. Y aunque algunas de esas piezas permitan anticipar cuál sería el destino más esperable de cada quien, lo verdaderamente cierto es que en cada caso personal hay siempre un juego de posibilidades cuya realización depende de lo que el sujeto respectivo quiera hacer de su propio futuro. Al tener esto presente se colige con facilidad que la clave de todo está en el compromiso de crear futuro; y repetimos el concepto para subrayarlo: COMPROMISO DE CREAR FUTURO.

Y esto no sólo es aplicable al plano individual sino replicable en el plano nacional; es decir, la creación de destino debe producirse en todos los niveles de lo humano, y sólo en esa dimensión integradora es posible darle expresión proyectiva a la humanidad que encarnamos. En lo que a El Salvador se refiere, lo que se ha venido padeciendo, ya en forma endémica, es una falta verdaderamente crítica de planteamiento de futuro, como si lo único que existiera y pudiera existir fuera la imprevisibilidad del día a día. Esto ha existido siempre entre nosotros, pero nunca se había manifestado en la dimensión y con la intensidad que se ven en los tiempos más recientes. Al ser así, no es de extrañar que los salvadoreños nos sintamos crecientemente invadidos de inseguridad y de incertidumbre.

La ventaja de que este fenómeno haya llegado a los niveles en que se encuentra es que ya no va quedando otra alternativa para enfrentarnos a nuestra realidad inmediata y apremiante que no sea el reconocimiento de que debemos asumir la tarea de destino de modo serio y responsable, como sociedad y como nación. Lograr esto implica visualizar el futuro como tarea no sólo realizable sino planificable. Y cuando hablamos de fe en el futuro no estamos haciendo una apuesta idealista, sino moviendo la voluntad hacia el ejercicio práctico que realmente merezca el nombre de tal. Porque hay que reafirmar el hecho de que la fe, cuando está bien planteada y bien asumida, es lo más realista que existe.

Somos salvadoreños; es decir tenemos un arraigo original y entrañable en nuestra tierra y en nuestra historia, aunque no queramos darnos cuenta de ello. Sin embargo, esa condición definidora de nuestra pertenencia nos convierte en sujetos identificables, lo cual es especialmente significativo en el mundo global que se abre para todos. La caudalosa emigración que arreció en los años posteriores al fin de la guerra interna ha sido paradójicamente propulsora de esa identidad; y para comprobarlo basta con traer a cuento el poderoso sentimiento de amor a lo propio que vienen desplegando los connacionales que, por distintos motivos imperiosos, han tenido que volverse emigrantes.

El Salvador ha sido siempre país de emigración, y por ende este fenómeno tan actual tiene profundas manifestaciones en el tiempo, aunque ahora, por efecto del fenómeno global de este insospechado momento histórico, adquiere características anímicas novedosas en el sentido más positivo. Así, el compromiso de crear futuro se vuelve CONFIANZA EN LA PERTENENCIA SIN FRONTERAS. Es como estar asistiendo a la apertura de una vía nacional hacia el horizonte globalizado. Y repetimos aquí lo que ya hemos expresado en otras oportunidades: los emigrantes del pasado iban a desaparecer en su lugar de destino; los emigrantes del presente van a reencontrarse anímicamente con su lugar de origen. ¡Qué maravilla en medio de todos los desafíos inherentes!

Lo que urge es que nos ubiquemos de cara a la perspectiva del hoy y del mañana, que siempre nos invitará a ser sujetos con vocación proyectiva. Los salvadoreños nunca nos hemos amilanado frente a las agobiantes pruebas que nos ha ido poniendo la realidad a lo largo del tiempo; y sería incongruente con nuestra propia naturaleza que nos sintiéramos cohibidos ante una oportunidad de vida como la que ahora se nos presenta. Se hacen sacrificios, es cierto; las adversidades no dejan de acechar; las incertidumbres no desaparecerán nunca; pero las puertas se abren, y no hay que desoír los llamados del destino.

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