Sólo la plena vigencia de las libertades es capaz de asegurar progreso en paz

Ante lo que pasa en Nicaragua, todos los extremistas, del signo que sean, tienen que poner las barbas en remojo. Casos como los de Venezuela y ahora Nicaragua deberían provocar una reflexión en serio sobre la imperiosa necesidad de asegurar que la democracia y su régimen de libertades efectivamente funcionen en los hechos.
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En los tiempos actuales viene haciéndose sentir en todas partes el brote de la insatisfacción ciudadana por los abusos y las arbitrariedades del poder. Esta es una situación que tiende a globalizarse cada vez más, y que muestra a todas luces que las sociedades están en busca de rumbos nuevos, en los que el ejercicio del poder esté sujeto de veras al imperio de la ley, con todos los efectos ordenadores que eso implica. No es de extrañar, entonces, que haya una especie de rebelión generalizada contra las arbitrariedades y los abusos, del tipo que fueren. En zonas como la latinoamericana, donde hay una larga historia de violencias y de atropellos contra las poblaciones y contra sus derechos básicos, todo esto es aún más patente.

La situación que se vive en estos días en Nicaragua es una muestra lacerante de tal realidad. El régimen personalista y dictatorial que ahí impera desde hace tanto tiempo está bajo prueba de fuego, porque ha hecho explosión la impaciencia de la gente, sometida al dominio de una cúpula que se consideraba invulnerable porque había logrado alianzas viciosas con casi todos los sectores. Las abusivas reformas al sistema de pensiones detonaron la crisis, que ha desatado gran violencia callejera, la cual ha sido respondida con violencia aún mayor por parte de las autoridades. El binomio gobernante Ortega-Murillo tuvo que dar marcha atrás en las reformas, pero el incendio del rechazo popular ya estaba provocado, y es claro que lo que verdaderamente existe es un repudio abierto e irreparable contra el régimen. Ante lo que pasa en Nicaragua, todos los extremistas, del signo que sean, tienen que poner las barbas en remojo.

Casos como los de Venezuela y ahora Nicaragua deberían provocar una reflexión en serio sobre la imperiosa necesidad de asegurar que la democracia y su régimen de libertades efectivamente funcionen en los hechos. El populismo autoritario ya no tiene ninguna cabida en las realidades de nuestro tiempo, y todas las tentaciones de seguirlo activando constituyen de antemano apuestas fallidas, que lo que acaban generando es violencia y caos. Se hace preciso, entonces, apostarle a la estabilidad sostenible, que sólo se logra cuando la ley impera, cuando las libertades cumplen su rol y cuando la convivencia pacífica se activa.

El Salvador, pese a todas las complicaciones que se le van presentando en su proceso evolutivo, ha logrado mantener básicamente firme su esquema de desenvolvimiento político desde que la democracia se instaló como régimen de vida. Esto hay que preservarlo de la mejor manera posible, que es asegurando que no haya ningún trastorno mayor que sea capaz de descompensar el sistema. En este momento, cuando se están tomando decisiones electorales de gran trascendencia, es más que oportuno hacer todos los esfuerzos necesarios para que las libertades estén seguras y pueda entrarse de veras en una definición integral de metas nacionales.

La paz debe ser la meta mayor, que sólo podrá alcanzarse de manera permanente si los diversos actores políticos, sociales y económicos se ponen en línea hacia su consecución y su mantenimiento. Veámonos en todos los espejos disponibles, para que haya claridad sobre los propósitos y los objetivos viables.

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