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Solo para frustrados

Acabo de ver de nuevo la bellísima película “La ciudad de la Alegría”, inspirada en el libro best seller de Dominique Lapierre, que cuenta la historia real de un grupo de las familias indias pobres apiñadas en una zona marginal de Calcuta.
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Kalena de Velado / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Kalena de Velado / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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La trama relata el viaje emocional de un médico joven frustrado y decepcionado que encuentra en el tugurio indio una lección de vida a través del amor vivido en comunidad en forma generosa, heroica y solidaria, a pesar de las grandes carencias. En uno de los diálogos se ve a la enfermera sobrepasada de trabajo solicitando al galeno que la apoyara a aliviar el dolor de los que sufren, a lo cual contesta el interpelado que “no le gustan los enfermos sin esperanza”. Ella entonces le dice: “En la vida solo tenemos tres opciones: huir, ser espectadores o comprometernos...”.

A las puertas de dos elecciones cruciales para El Salvador, me da la impresión de que existe entre la gente un peligroso malestar contra nuestra joven democracia, considerando por ello no ir a votar o dudando si anularlo en caso de hacerlo. Sin embargo, deberíamos evitar que otros elijan por causa de mi inacción u omisión de los deberes básicos emanados de mi condición de salvadoreña(o), pues solo tengo tres opciones ante estas obligaciones: huir, ser espectador o comprometerme. Tengo la esperanza, amigo(a) lector(a), que elegirá la última, para lo cual comparto algunos criterios:

Es de buen ciudadano votar por un partido o por un candidato que garantice, con certeza moral, que será honesto en el uso de los dineros y bienes públicos.

No es ni cristiano ni cívico votar por un partido o candidato que no respete el derecho primario de toda persona a practicar, en privado o en público, su fe. El que reciba tu voto no ha de acusar nunca a nadie de ser intolerante o excluyente al promover el matrimonio natural entre un hombre y una mujer, o cuando se ejerce el derecho legítimo de educar.

En la medida de lo posible, es cívico y cristiano que votes por un candidato que sea coherente y practique (o al menos luche) por los siguientes valores: respeto a los demás; escuchar; dialogar; veraz; honesto; de vida sobria; fiel en la vida conyugal y al amor a su familia. Que haga propuestas creíbles en favor de los más necesitados, sin caer en populismos; que demuestre con hechos su vocación de servicio a los demás; que cumpla con lo prometido; que genere confianza a los inversionistas nacionales y extranjeros para crear nuevas fuentes de trabajo; que tenga cualidades de gobierno y que garantice la vigencia del Estado de derecho mediante la aplicación de la ley, sin excepción de personas o de cargos.

Un buen ciudadano evita dar su voto a quien esté en contra del respeto absoluto que se debe a la vida humana desde la concepción hasta su desenlace natural, como serían los que propician el aborto, la eutanasia, las ejecuciones o la manipulación de los embriones.

No es bueno para el Bien Común votar por un partido o por un candidato que no respete la dignidad de la persona humana, como serían los que defienden o promueven la prostitución, los anticonceptivos físicos o químicos, la pornografía, especialmente la infantil, la clonación humana, el uso o tráfico de drogas y personas; la venta indiscriminada de alcohol, el machismo, la discriminación étnica, por sexo, identidad de género y raza.

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