Sólo un real y eficiente sistema de oportunidades es capaz de mejorar en serio las condiciones de vida de la población

Todo esto requiere que el sistema imperante se fortalezca y se perfeccione de manera progresiva. No es hora, desde luego, de estar queriendo imponer sistemas alternativos, como es el socialismo de viejo cuño aunque venga presuntamente reciclado.
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La democracia que se abre paso muy dificultosamente entre toda la maraña de resistencias heredadas del viejo autoritarismo va generando significativas renovaciones a lo largo y a lo ancho de nuestro sistema de vida, tan imperfecto en tantos sentidos. Basta constatar lo que está pasando en el ámbito de la lucha legal contra la corrupción para tener buena prueba de ello: hasta hace muy poco, todo lo referente al control de la probidad en el desempeño de los cargos públicos se hallaba a merced de la impunidad, como quedó claro cuando fue prácticamente desmantelada la Sección de Probidad de la Corte Suprema de Justicia; hoy, en cambio, la Corte ha retomado su rol al respecto, y las investigaciones sobre conductas presuntamente corruptas están a la orden del día.

Pero sigue habiendo campos de acción que todavía están lejos de recibir la atención que merecen, y uno de ello es el campo de las oportunidades para hacer realidad el desarrollo generalizado y equitativo. Las tentaciones populistas, tan presentes entre los que están encargados de la conducción política en este momento, se vuelven al respecto mecanismos simuladores de mejorías para los más desposeídos cuando en verdad nunca pasan de ser alivios superficiales destinados a ganar imagen política; y eso es lo que pasa con el asistencialismo en boga, que además es costoso e insostenible, sobre todo en circunstancias financieras tan apremiantes como las que vivimos. Es cierto que a la gente que ya no es capaz de emprender rutas de desarrollo personal hay que ayudarle en lo posible a estar mejor, pero sobre todo en lo que toca a los jóvenes la clave del verdadero progreso está en las oportunidades.

Y no puede haber oportunidades efectivas si no hay espacios productivos suficientes para que dichas oportunidades afloren en la medida de lo necesario. Esto va directamente vinculado con la productividad y la competitividad, las cuales requieren un proyecto impulsor de amplio alcance, que tenga auténtico carácter nacional, es decir, que esté sustentado por las voluntades coincidentes de todos los actores que se mueven en el escenario del país, independientemente de sus roles en la vida diaria y de sus líneas de pensamiento y de proyección.

Todo esto requiere que el sistema imperante se fortalezca y se perfeccione de manera progresiva. No es hora, desde luego, de estar queriendo imponer sistemas alternativos, como es el socialismo de viejo cuño aunque venga presuntamente reciclado. Es hora de aglutinar energías alrededor de la dinámica democrática en marcha, para hacerla funcional al máximo, garantizando en todo caso y momento la vigencia plena del régimen de libertades y activando al máximo las potencialidades del crecimiento económico conforme a la línea de los tiempos.

Lo que tenemos que hacer los salvadoreños sin más tardanzas es asumir en la práctica la lógica del desarrollo en los diversos órdenes del mismo, que abarca a todos habitantes de la nación y se refiere a los distintos componentes del progreso tanto personal como social. El propósito debe ser que El Salvador se convierta en un dinámico vivero de oportunidades, con la creatividad y el realismo debidos. Y es factible lograrlo si nos lo proponemos en común.

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  • socialismo
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  • oportunidades
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