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Sólo una educación nacional realmente puesta al día podrá hacer que el país arranque de veras hacia el desarrollo

Hay servicios públicos y privados que por su propia naturaleza son más que servicios: constituyen piezas claves en movimiento progresivo de la estructura nacional básica. Ese justamente es el rango que tiene la educación como factor formativo del conglomerado humano que constituye la sociedad en que vivimos. Sin educación no hay destino en el sentido más vital y animador del término, y esto viene siendo así en todos los tiempos y en todas las latitudes. Y es que al hablar de educación no sólo se hace referencia al conocimiento formalizado sino que se abarcan expresiones y connotaciones que van más al fondo del ser y que hacen posible el vivir en función constructiva. Dice la sabiduría popular que “cada cabeza es un mundo”, y al ser así de lo que se trata es de descubrir ese mundo individual para hacerlo crecer en todas sus dimensiones, con perspectivas cada vez más reveladoras.
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Sólo una educación nacional realmente puesta al día podrá hacer que el país arranque de veras hacia el desarrollo

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Como siempre pasa en el devenir de los fenómenos y sucesos de carácter colectivo, la evolución nunca se da de manera lineal y automática, sino que va presentando fluctuaciones y aun quiebres que hay que afrontar en el terreno. Nuestra educación nacional ha venido siendo una muestra patente de ello, especialmente en los decenios más recientes, desde la sexta década del pasado siglo. Modernizar trae desafíos de diversa índole, y los que primero se presentan son aquellos que se refieren al imperativo de ir haciendo empalmar lo antiguo con lo nuevo. Las reformas radicales son por eso invitaciones a la traumatización del sistema, que al final de cuentas hace que el desajuste se imponga sobre todo lo demás. En muchas formas es lo que hemos padecido.

Es desde luego esencial para que se asegure el avance nacional sostenido que la educación esté puesta al día en todas las formas y sentidos. Esto significa actualizar métodos, enriquecer contenidos, favorecer accesos de la población al sistema, mantener estimulados a cuantos son parte del mismo y habilitar el despliegue de la creatividad en todos los niveles. La educación tiene que estar al servicio de la superación del ser humano, y por ello hay que garantizar que la formación constante del maestro esté en la primera línea de las prioridades estructurales. En ese punto hay un déficit nacional verdaderamente patético, que afecta al sistema en su conjunto. Y hay que hacer mucho más de lo que se hace para que tal déficit vaya dejando de incidir como enemigo interno.

La formación de la persona tiene elementos de actitud y elementos de capacidad. Es decir, se trata de que el individuo pueda manejar afirmativamente sus mecanismos mentales y sus potencias espirituales y a la vez se halle preparado para desplegar inteligentemente sus afanes productivos. Así es cómo la educación formativa cumple a cabalidad su misión y contribuye definitivamente a forjar mundos nuevos a partir de mentes bien construidas. La educación, por consiguiente, tiene que ser repensada en cada momento histórico, porque la tarea que la caracteriza es la mejor aliada paralela de la evolución. Tal replanteamiento periódico no es por ende una simple labor técnica: está llamado a operar como el reciclaje del instrumental superior de la realidad.

Estamos, pues, ante un reto de múltiples facetas. La educación va siempre más allá de sí misma en término convencional, y por consecuencia está llamada a autoreimaginarse en perspectiva cada vez que esto se hace necesario. En este preciso momento El Salvador se halla urgido de conectar conforme a los parámetros actuales cuatro figuras insoslayables: la identidad nacional, la productividad propia, la competitividad expansiva y la educación envolvente. Es como si tuviéramos que recomponer el rompecabezas histórico, haciendo valer todas las artes visionarias y vitalizadoras que eso demanda.

Todo este mosaico de demandas apenas se insinúa en los debates nacionales, que están saturados de superficialidades frívolas. Superar tal desfase viene a ser una exigencia que surge del mismo manantial de los hechos. Tengámoslo presente sin excusas y asumámoslo sin evasivas.
 

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