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Sólo una práctica generalizada de valores nos permitirá llegar a tener la sociedad efectivamente progresista que necesitamos

Las ventanas de oportunidad que se han abierto por efecto de las nuevas sinergias globales nos invitan a aprovechar espacios de competitividad, que antes hubieran parecido inimaginables.
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Si algo viene fallando estructuralmente en nuestro ambiente es la vigencia efectiva de los valores fundamentales que aseguran una vida digna y pacífica. En la cotidianidad lo que impera, con distintos matices y resultados, es una especie de versión nacional de la ley de la selva, que en ciertos aspectos y sentidos asume condición “light”, pero que no deja de ponerle reiterados obstáculos al avance civilizador que es connatural al ejercicio democrático eficiente. Resulta, pues, indispensable ir apuntalando el Estado de Derecho para que pueda mantenerse como la estructura básica de la vida nacional en todos los sentidos de la misma. Y paralelamente se impone la necesidad de solidificar y retroalimentar la moralidad también en todos los sentidos, comenzando por la moralidad pública, que muestra tantos agujeros negros y zonas de opacidad amenazante. Estas son tareas con vocación de misiones.

Si se analiza en forma verdaderamente comprensiva nuestra problemática más acuciante, se hace patente de inmediato que dicha problemática es, en primer término, una cuestión de actitudes y de conductas. Los salvadoreños tenemos cada vez menos confianza en nuestras propias formas de proceder ante la realidad, y eso hace que haya un significativo déficit de confianza en lo que podamos lograr como sociedad enfrentada con los retos de su presente y de su futuro. El verdadero desafío que tenemos enfrente es, en consecuencia, el de asumir nuestras potencialidades y nuestras limitaciones, en función de hacer prevalecer las energías del progreso.

Es vital que El Salvador se comprometa consigo mismo, y desde luego con la suerte y con el porvenir de toda su gente, reavivando sus fuentes de aspiración visionaria y sus dinamismos de productividad fecunda, que en otros momentos del proceso histórico le permitieron asumir un liderazgo reconocido por propios y extraños. Las ventanas de oportunidad que se han abierto por efecto de las nuevas sinergias globales nos invitan a aprovechar espacios de competitividad, que antes hubieran parecido inimaginables. El tiempo está a nuestro favor: sólo falta que, como país, nos decidamos practicar valores como norma de vida nacional, y no sólo valores estrictamente morales sino también valores eficientemente funcionales como la creatividad, la proactividad, la responsabilidad y la disciplina.

Lo que ya no podemos ni debemos es mantenernos en esta especie de rutina desgastante, que opera en contrasentido a lo que la lógica modernizadora y reactivadora exige para que el progreso no sea un espejismo de ocasión. Nuestra sociedad está sobrecargada de incongruencias y de contradicciones, y en tanto no haya un saneamiento vivificante no habrá salidas seguras hacia la estabilización social y la pacificación convivencial.

Desde hace tiempos es imperioso recomponer todo el esquema de los comportamientos nacionales para darle motivos a la confianza y expectativas al desarrollo. Ambos factores van siempre de la mano como se puede verificar de manera espontánea en aquellas sociedades que le han apostado de manera valiente y coherente a ponerse a la vanguardia de su propia evolución. El único obstáculo que nos impide hacerlo es nuestra falta de determinación transformadora.

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  • estado de derecho
  • logica modernizadora
  • estabilidad social
  • pacificacion
  • confianza
  • productividad

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