Sólo una real y sostenida alianza público-privada es capaz de darle impulso efectivo al desarrollo nacional

Cuando hablamos de alianza nos estamos refiriendo a una conjunción de fuerzas que se deciden a servir a un fin compartido, que todos los participantes identifican como meta realmente deseable, no en función de ellos mismos sino del país.
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Si algo constituye un factor de deterioro crucial en nuestro ambiente es lo que ya se constituyó en falla crónica: el que se sigan profundizando las diferencias actuales entre el sector público y el sector privado en lo que corresponde a los enfoques fundamentales sobre lo que hay que hacer para que el país se enrumbe decididamente hacia el crecimiento y el desarrollo. Entre dichos sectores lo que tendría que haber es un ejercicio positivo y constructivo, cada quien aportando lo suyo en lo referente a la estrategia y a la acción. No se trata de que nadie dependa de nadie, pero sí de que todos, por encima de sus visiones y posiciones, puedan actuar armoniosamente en función del bien común.

El tema debe salir del viejo círculo derecha-izquierda, porque la democracia bien entendida y bien practicada en todos los órdenes y ámbitos de la vida nacional es un péndulo orientador que se va moviendo conforme a realidades concretas y no una tensión mecánica entre posturas interesadas que responden a idearios radicales. Precisamente el ejercicio democrático tomado y activado en serio es desactivador de radicalismos, porque en definitiva lo único que funciona en los hechos es la racionalidad del balance de fuerzas. Y esto ya está sobradamente comprobado no sólo aquí sino en todas partes.

Vista la realidad del país en lo que a la viabilidad y la sostenibilidad económica se refiere, resulta paladinamente claro que lo que venimos necesitando ya de larga data es mucho más que acuerdos coyunturales entre el sector público y el sector privado: lo imperioso es definir, levantar e impulsar una auténtica alianza estratégica, que se sostenga en compromisos históricos de amplio espectro y de amplio alcance. Puntos claves como la productividad y la competitividad tienen que ser asumidos y trabajados en forma integrada y con los aportes que a cada quien le corresponden, según los respectivos campos de acción.

En realidad, lo público y lo privado nunca se pueden desasociar ni mucho menos entrar en enfrentamientos sistemáticos. Cuando esto se hace, casi siempre por neurosis ideológicas, lo que resulta es catastrófico, como estamos viendo ahora mismo en el patético contraejemplo venezolano, que ya está en el plano de lo inverosímil. El realismo elemental induce a poner la sensatez siempre por encima de cualquier tentación divisionista, para hacer posible que la racionalidad les gane la partida a los prejuicios acumulados.

Cuando hablamos de alianza nos estamos refiriendo a una conjunción de fuerzas que se deciden a servir a un fin compartido, que todos los participantes identifican como meta realmente deseable, no en función de ellos mismos sino del país. Esto desde luego no significa ni puede sanamente significar que los participantes renuncien a sus propias convicciones, sino que se trata de hacer prevalecer el buen juicio aplicado a los intereses de la generalidad, que es propósito básico de la democracia como régimen basado, por su propia naturaleza, en la interacción pluralista. Si se logra que esto se vaya haciendo realidad entre nosotros estaremos en vías de generar posibilidades concretas y confiables de estabilidad y de desarrollo.

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