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¿Somos mediocres?

El Salvador es un país de jóvenes, más del 60 % de las personas son menores de 30 años de edad (PNUD, 2013). Sin embargo, aunque somos mayoría, la historia muestra que son pocas las ocasiones en que hemos reflexionado y nos hemos cuestionado sobre nuestro papel en la sociedad para generar acciones concretas.
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Uno de esos espacios fue la guerra civil, donde la juventud jugó un papel importante a nivel ideológico y político, que para bien o para mal, les llevaron a realizar acciones que terminaron por definir el panorama al cual nuestra generación se enfrenta.

También somos un país donde la vulneración de derechos humanos es cotidiana y que tiene como telón de fondo la pobreza, desigualdad y falta de oportunidades, que generalmente ignoramos pero que podemos encontrar en las familias de los asentamientos.

Ante este contexto, con debilidades estructurales como la pobreza, desigualdad y poco acceso a la educación universitaria, con apenas 4 de cada 10 bachilleres acceden a la universidad (CONED, 2016); pero con fortalezas como: nuestra juventud, en especial la que ahora se forma en las aulas universitarias, es necesario iniciar a sentar las bases para un debate que debería cobrar vigencia, mediante ciertas preguntas: ¿Qué debemos entender por ser jóvenes y universitarios? ¿Cuál es nuestro rol?

Las respuestas las podemos encontrar involucrándonos con la realidad y dentro de esa realidad nos topamos con situaciones que el mismo sistema nos lleva a ignorar, como la pobreza.

Escuchando a familias de asentamientos podemos comprender que ser joven es una oportunidad, un privilegio para servir a otros, para poder arriesgar, sobre todo para descentrarse de sí, para amar y no vivir para nosotros mismos.

Ser joven implica desafiar el sistema y comprender que algo como la pobreza está mal y que es mediante la disposición de nuestra juventud que podemos combatir las injusticias.

Si mediante el conocimiento de la realidad comprendemos qué es ser joven podemos conocer las implicaciones que lleva ser universitario.

Serlo es un privilegio que conlleva el compromiso de responder a las expectativas que El Salvador ha depositado en él. Sobre nuestras espaldas debemos reconocer que llevamos la esperanza de cientos de salvadoreños, como los que conforman los asentamientos quienes no esperan profesionales que agranden la desigualdad, sino que, mediante el reconocimiento de la realidad, cierren las brechas y que construyan una mejor sociedad.

Actuar de forma contraria es negar nuestra responsabilidad y ser profesionales mediocres.

Durante 15 años, TECHO ha movilizado miles de voluntarios que decidieron conocer la realidad y liderar junto con las familias de los asentamientos diferentes programas y proyectos como el programa de educación, vivienda, desarrollo productivo, levantamiento de información, liderazgo juvenil y otros con la convicción de que la pobreza puede y debe superarse.

El rol del joven universitario podemos integrarlo a través del voluntariado, como el camino para dejar de alimentar la pobreza y terminar con la injusticia, sin importar la profesión, carrera o casa de estudios.

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