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Somos país de emigración desde siempre, y eso también hay que saber administrarlo

Lo que hay que hacer es tomar la debida perspectiva frente al fenómeno en todas sus dimensiones y condiciones para poder entenderlo y asumirlo en lo que verdaderamente es y representa.
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Cada país tiene sus características propias en todo sentido, y por ello tener conciencia de dichas características hace posible reconocer la identidad respectiva e individualizar los matices de la correspondiente realidad. Según los especialistas hay países de emigración y países de inmigración, que lo han sido desde siempre. Podemos graficarlo ahora mismo con un ejemplo que está en palpitantes funciones en esta inmediata contemporaneidad: el de El Salvador y Estados Unidos. El Salvador, país de emigración; Estados Unidos, país de inmigración. Ambos en el más pleno sentido de esos términos. Países que, pese a sus enormes y sustanciales diferencias casi en todo, son perfectamente complementarios en aquellas características básicas, que determinan en buena medida el ser de cada quien.

A partir de ahí, lo que atrae la inmigración y lo que impulsa la emigración nunca se puede reducir a circunstancias de estricta coyuntura, como el facilismo de los enfoques superficiales tiende a hacer. En el caso de los salvadoreños, por ejemplo, el combustible migratorio principal es la búsqueda de un mejor destino y por ende de una mejor vida. Los tiempos actuales, por otra parte, son invitadores a dinamizar intereses, tanto en los lugares de origen como en los lugares de destino. De los lugares de origen los emigrantes se van con ánimo y voluntad de ir al encuentro del desarrollo, tanto para sí y para sus grupos familiares como para el país del que provienen, sobre todo en estos días cuando las llamadas remesas familiares se han vuelto un pilar económico nacional de primer orden. A los lugares de destino los inmigrantes llegan a aportar conocimiento y entusiasmo constructor, cuando se trata de personas que ya tienen formación anticipada; o a desempeñar labores que los nativos ya no quieren realizar, buscando por medio de las oportunidades que se les presenten vías de mejoramiento de las que antes no disponían. Son beneficios, pues, en doble vía.

Por eso es tan irreal considerar la emigración como un exilio mecánico y la inmigración como una invasión indeseable. Lo que hay que hacer es tomar la debida perspectiva frente al fenómeno en todas sus dimensiones y condiciones para poder entenderlo y asumirlo en lo que verdaderamente es y representa. Por eso mismo es absurdo y contraproducente querer frenar la inmigración con muros de piedra o con intencionadas declaraciones para que los emigrantes no se vayan. Lo que habría que hacer es que los países de origen y los países de destino entren de veras en una dinámica de comprensión de los hechos tal como éstos se dan en la vida, en vez de querer reducirlos a visiones distorsionadas por los prejuicios o por los intereses de turno, que son tan fuertes en todas partes.

El Salvador de nuestros días ha visto un giro impresionante e inimaginado en lo que a su situación emigratoria se refiere. Antes, como ocurría con todos los emigrantes, estos iban prácticamente a desaparecer como tales en los lugares de destino. El propósito era asumir la nueva identidad haciendo desaparecer los vínculos con la identidad anterior. Hoy, para nuestro beneficio en todos los órdenes, los emigrantes van a emerger, aprovechando oportunidades sin renunciar a la pertenencia original. Esto ha hecho que, en lo que a los salvadoreños se refiere, los que emigran se sientan, en términos generales, más apegados a la tierra que los vio nacer que cuando estaban en ella. Es como si el país hubiera abierto sus fronteras en clave global, ubicándose como nunca antes en el mapamundi; y esto paradójicamente está haciendo reverdecer el sentimiento de Patria, que aquí en el interior se halla tan marchito.

Por más que se le quieran poner barreras artificiales, del tipo punitivo que fueren, la corriente migratoria no se detendrá, porque sus móviles y sus impulsos residen en la realidad tanto del país de origen, en este caso El Salvador, como del país de destino, en este caso Estados unidos. Lo que sí se puede y se debe es activar estrategias, aquí y allá, para estimular la permanencia y para ordenar el ingreso, todo ello con el ánimo constructivo de responder al fenómeno tal como éste se va presentando en los hechos.

Lo que no resulta factible bajo ningún concepto es querer cambiar la naturaleza de las cosas por el simple deseo de hacerlo. Estados Unidos seguirá siendo país de inmigración y El Salvador seguirá siendo país de emigración, aunque desde luego las circunstancias vayan variando en distintos sentidos en el curso del tiempo, porque todos los momentos históricos tienen su propia identidad. Hoy es hoy, y así hay que responderle. En todos los órdenes hay que entender el hoy de manera razonable e inteligente, para no caer en despistes o en desvaríos que lo que producen es más inseguridad y más desconcierto, con los efectos negativos que nunca se hacen esperar.

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  • migracion
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