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Son ya 26 años desde que se abrió una nueva etapa histórica en el país

Este no sólo es momento de conmemorar y de celebrar, sino más bien ocasión de asumir compromiso pleno de fidelidad nacional al espíritu que encarnó en el entendimiento para finalizar el conflicto que no parecía resolvible por las vías de la razón. La mesa negociadora se convirtió así en una plataforma de futuro, con todos los componentes de la evolución bien reconocida y asumida.
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La Prensa Gráfica

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Ayer, 16 de enero, se cumplieron 26 años desde aquella mañana en que se suscribió el Acuerdo de Paz que le puso fin a la guerra salvadoreña que tenía más de una década en el terreno. La ceremonia tuvo dimensiones internacionales, y no sólo por la participación de grandes figuras políticas y diplomáticas sino, sobre todo, por la proyección del ejemplo que se estaba formalizando aquel día ante los ojos del mundo. Nuestro conflicto bélico se había instalado como una de las expresiones más elocuentes de la Guerra Fría, y por consiguiente su desarrollo y su conclusión estaban íntimamente vinculados con el fenómeno global de aquel momento; y el hecho de que la solución política prevaleciera sobre el desenlace militar daba una muestra más que elocuente del cambio que empezaba a desplegarse en el mundo y afortunadamente también en nuestro país.

Es del caso poner énfasis en el hecho de que en aquel momento tan relevante no sólo se estaba concluyendo una experiencia destructiva que puso al país en gravísimo riesgo durante tanto tiempo sino que lo que históricamente se daba era un tránsito de épocas: de aquella en la que por tanto tiempo la división social y la irracionalidad abusiva en el ejercicio del poder hicieron de las suyas a esta otra en la que la democratización ha tomado carta permanente de ciudadanía y no se avizora ninguna ruptura estructural de aquí en adelante, pese a las falencias e inconsistencias aún existentes.

Aunque en tantos sentidos falte mucho por hacer para que los salvadoreños podamos gozar de la normalidad propia de una democracia realmente en acción, nadie podría cuestionar con argumentos sólidos el hecho de que se tengan hoy perspectivas nacionales mucho más alcanzables que en cualquier otra coyuntura del proceso. Si bien es cierto que los problemas se acumulan, casi todos ellos sin haber encontrado la ruta de sus respectivas soluciones, continúan en pie las señales positivas que tomaron forma concreta aquel 16 de enero de 1992.

Este no sólo es momento de conmemorar y de celebrar, sino más bien ocasión de asumir compromiso pleno de fidelidad nacional al espíritu que encarnó en el entendimiento para finalizar el conflicto que no parecía resolvible por las vías de la razón. La mesa negociadora se convirtió así en una plataforma de futuro, con todos los componentes de la evolución bien reconocida y asumida. Ese futuro va siendo perfilado desde entonces, y sus irradiaciones circulan por el ambiente, dando confianza en que, por sobre todas las adversidades que inciden en el vivir nacional, hay razones comprobables para superar todo desaliento y trascender toda frustración.

Más de un cuarto de siglo después de la finalización del conflicto bélico, los salvadoreños tenemos todavía mucho por asimilar de la experiencia que significó todo aquel traumático capítulo de nuestro devenir social e institucional, y en especial de su conclusión pacificadora. Los aprendizajes de este tipo nunca terminan del todo, pero lo que hay que asegurar es que lo vivido sirva para reorientar y enriquecer el presente y sus proyecciones.

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