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Soñar despierto

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Ser soñador ha sido considerado con gran frecuencia una especie de ejercicio de alto riesgo para la comprensión y para el manejo de la respectiva realidad. Esa puede ser una percepción cautelosa, siempre que no pretenda coartar los impulsos imaginativos que estimulan las floraciones de la creatividad y que conducen a las fructificaciones de la vida bien vivida. Tener sueños y sentir el imperativo de llevarlos a la práctica es, en verdad, un movimiento espontáneo de la conciencia, que desde luego hay que dejar fluir dentro de los cauces de la razonabilidad conductora. Todos los seres humanos traemos a este plano la innata capacidad de forjarnos una imagen anhelada tanto de nuestro presente como de nuestro futuro, y cuando el anhelo se vuelve propósito estamos en vías de contar con un plan de vida que nos haga sentir como seres con misión y con visión factibles. Si no somos capaces de soñar con las luces de un horizonte identificable, con toda seguridad iremos cayendo en la postración de la rutina sin perspectivas; por eso la mejor receta contra el desánimo, contra la inercia y contra la frustración es una dosis cotidiana de ese licuado virtuoso que nos ilumina por dentro. Hay que aprender el arte de soñar despiertos, y el aprendizaje lo llevamos inmerso en el manual de vida que traemos a la mano desde el mismo momento de nacer. Ya en clave personal, confieso que soñar ha sido mi actividad favorita en el curso del tiempo, y no sólo por ser poeta sino sobre todo por ser humano. Que el sueño vivificante me acompañe siempre, hasta el fin de mis tiempos. Y entretanto, a seguir soñando, con todas las energías disponibles.

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