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Sorpresa, desaliento, incertidumbre

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Llegó tarde cuando se repartieron la simpatía, la prudencia y los buenos modales, pero igual será el nuevo inquilino de la Casa Blanca (no la mexicana), a partir del 20 de enero próximo. Ni su xenofobia, su misoneísmo, ni su arraigo a las ideas del mercantilismo más primitivo fueron suficientes para convencer al electorado de que su triunfo pondría a todo el mundo en estado de alerta. Obvio: las encuestas fallaron, el voto latino no respondió como se esperaba, mientras el director del FBI le dio irresponsablemente el empujoncito que necesitaba para desprestigiar más a su adversaria.

Con este traspié sin precedentes en la vida política de la Unión Americana, e independientemente del revuelo que sigue causando su sorpresivo triunfo, la pregunta inevitable es: ¿cumplirá el señor Trump con las amenazas que le dieron un signo distintivo a su campaña, donde su eslogan “Make America Great Again”? seguramente despertó de su letargo a muchos electores... Analistas y medios de información de prestigio mundial han empezado a dudarlo. Porque materializar ese eslogan –aun cuando Estados Unidos sea la nación más poderosa en muchos sentidos– no se logra impidiendo la inmigración por motivos raciales, religiosos o porque en su mente la mayoría son personas de baja ralea; ninguneando a sus aliados tradicionales o haciendo trizas los acuerdos comerciales. Sobre este punto, quizás piensa que la globalización puede ser moldeada a su antojo o acaso ignora que la crisis de los años treinta se hizo más profunda en su país, precisamente por las irracionales barreras que impuso al comercio.

El hecho que además de la presidencia, el Partido Republicano tendrá la mayoría en el Congreso (Cámara Baja y Senado) y que el presidente electo tenga la potestad de designar al noveno juez en la Corte Suprema, tampoco le garantizan poderes omnímodos. No estamos hablando de Venezuela, Nicaragua y menos de los intentos del FMLN para hacerse del poder total con triquiñuelas ridículas. Se trata de un país cuya historia política ha sido marcada por más de 200 años de democracia, independientemente del repudio que siente un diputado del partido por el sistema electoral norteamericano y de sus intentos soñolientos de blindar a uno de sus camaradas de la justicia de ese país, como si se tratara de El Salvador o de un país africano.

Pero sin duda tendrá todo el respaldo en el combate al crimen organizado en sus diferentes manifestaciones. En este caso, solo los involucrados en estos delitos estarán nerviosos, como descontentos están muchos estadounidenses a juzgar por las multitudinarias muestras de rechazo a los resultados de la elección. Pero también hay que reconocer el discurso conciliador y moderado que el presidente electo pronunció alrededor de las 2 de la mañana (hora de El Salvador), donde llamó a la unidad nacional, hizo una invitación cordial a los países que quieran acompañarlo y un reconocimiento (por primera vez) a la valentía y el coraje de la señora Clinton. Empero, la incertidumbre mundial se mantiene.

Pero ese discurso podría ser primer gesto de pragmatismo ante el complicado panorama internacional que deberá enfrentar. No puede abandonar la OTAN sin arriesgar la seguridad de su propio país, ignorar los mensajes imperiales de Putin, la expansión peligrosa de China y, menos, el gravísimo problema del Oriente Medio. En nuestro hemisferio, tiene la tarea inmediata de definirse frente a Cuba, al desafiante dictador venezolano y a la nueva monarquía nicaragüense. Desafortunadamente, los salvadoreños seremos jugadores pasivos en este ajedrez mundial. Aparte del candente problema migratorio, es posible que la cooperación económica ya no sea tan generosa, especialmente si se sigue atentando contra la institucionalidad democrática, tolerando la corrupción y se sigue insultando a ese país. Pero como las promesas electorales casi nunca se materializan, ojalá que el señor Trump también realice que aislándose no puede hacer que su “país vuelva a ser grande otra vez”.

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