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Sueño guanaco

Me dio profunda melancolía la tristeza con que acogieron el reciente resultado electoral nuestros hermanos lejanos en Estados Unidos, cuando su permanencia es tan productiva y se puede ver truncada. País que ha gozado siempre de mi admiración y simpatía.
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Los salvadoreños vivimos eternamente agradecidos con esa gran nación del norte, han sido generosos y procuran nuestro bienestar, ignorar esa ayuda sería una desconsideración, donde hay una cantidad ingente de compatriotas trabajando y ayudando a sus familiares con sus remesas.

No hay cosa que vuelva tan nostálgico y vulnerable a un salvadoreño como es escuchar el Himno Nacional o la canción “El sombrero azul” fuera de sus fronteras patrias, inmediatamente sus ojos se ponen acuosos, como dicen, las ausencias sirven para valorar las presencias. Los salvadoreños somos fiesteros y pachangones, utilizamos nuestras chirigotas y chanzas criollas para divertirnos, tenemos ese ingenio perspicaz para la ocurrencia graciosa.

Estamos viviendo en El Salvador una situación tan negativa que cualquier persona que descolle con buenas intenciones de hacer algo la despellejamos verbalmente impidiéndole cualquier avance, dentro de los epítetos ásperos propalamos los de hogaño que se ventilan en la jerga popular, que “es dipsómano”, “tiene problemas de identidad”, “le gusta lo ajeno”, “ya pierde los papeles”, “no da puntada sin hilo” y así sucesivamente a demeritar su imagen y viralizarlo.

Baltasar Gracián en su libro “El arte de la prudencia” dice: “Hay gentes que tienen que cambiar de lugar para ser valoradas”. Continúa diciendo: “Nunca venerará adecuadamente la imagen en el altar quien primero la vio como madera en el campo”.

Hay personas que pasan ahorrando sus centavos para poner una pequeña empresa y vivir dignamente, pero el salvadoreño es cáustico y socarronamente dice “a saber dónde ha conseguido dinero o andará en otros menjurjes”. En estos momentos el enemigo de un salvadoreño es otro salvadoreño con su chismorreo emponzoñado.

Sin pretender ser un nefelibata y pueda parecer una entelequia pero mi “sueño guanaco” es que todos los salvadoreños que residen en el extranjero vuelvan a nuestro país algún día y construyamos un armonioso y próspero El Salvador. En mis momentos de soliloquio reflexiono que el hacer turismo en nuestro país puede generar más ingresos a la economía, pues la carencia de recursos naturales es palmaria.

Yo quiero a mi país y sin pecar de chovinista, en el departamento de Sonsonate podemos disfrutar de tres estados climáticos en un mismo día: por la mañana, las aguas tropicales de Acajutla; a mediodía, un baño refrescante en Atecozol, inmediato está Caluco donde se puede saborear un exquisito plato de sopa de gallina india con un acordeón de tortillas; y por la tarde visitar Salcoatitán y beber una taza de café con una quesadilla con ese clima tan rejuvenecedor, y lo mejor que haces ese tour con poca plata. También disfruto aquí en mi pueblo de mi banquete dominical ir a cenar pupusas y a la par un inamovible bote de curtido con chile, con una taza de chocolate, donde el costo no rebasa los tres dólares.

Siempre hemos buscado el sueño americano o el europeo. Los organismos internacionales y países amigos nos quieren ayudar a que busquemos nuestro “sueño salvadoreño”. Dejémonos de prejuicios y tozudez ideológica, recibamos sus recomendaciones y aportaciones. Mi recordado padre me decía: “Sé profeta en tu tierra”.

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