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Tal como están las cosas en el país, ya nadie puede darse el lujo de quedarse al margen del esfuerzo de buscar consensos básicos

Para empezar hay que tomar conciencia de que cualquier fracaso institucional en cuestiones de fondo para el país nos afectará a todos sin excepción, y por ende nadie en su sano juicio debería quedarse inactivo frente al riesgo de llegar a una situación caótica o catastrófica, de la índole que fuere.
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Tanto las voces sensatas que se hacen oír en el país como las recomendaciones provenientes de organismos internacionales que tienen incidencia en el quehacer nacional, especialmente en el orden financiero, como el FMI y el BID, vienen poniendo creciente énfasis en el imperativo de llegar a consensos al menos primarios que les abran la puerta a las definiciones sobre las fórmulas prácticas para empezar a salir de los atolladeros actuales. Pero desde luego no sólo la cuestión financiera en el ámbito público se halla en estado crítico, aunque sea por su misma naturaleza la más apremiante: hay temas socioeconómicos y político-estructurales que requieren atención inmediata, y que de no aplicársela en la medida pertinente iremos enredándonos cada vez más en la maraña de la ineficiencia.

Para empezar hay que tomar conciencia de que cualquier fracaso institucional en cuestiones de fondo para el país nos afectará a todos sin excepción, y por ende nadie en su sano juicio debería quedarse inactivo frente al riesgo de llegar a una situación caótica o catastrófica, de la índole que fuere. El hecho de que todos estemos comprometidos a contribuir positivamente a las soluciones posibles no les quita, desde luego, la responsabilidad principal a aquellos que tienen a su cargo en este momento la conducción del proceso nacional, es decir los que ejercen liderazgo desde las principales posiciones gubernamentales; y tal responsabilidad significa ponerse al frente de la construcción de consensos con el ánimo dispuesto a hacer y a acompañar propuestas para destrabar nudos y desentrampar impases.

En tal sentido, la posición gubernamental no puede ser de espera pasiva a que la oposición se sume sin más a sus enfoques y necesidades; y, por su parte, la oposición debe, desde su perspectiva, plantear con ánimo abierto líneas de trabajo que impliquen movimientos razonables para ambas partes. Como sucedió en el esfuerzo para llegar a la solución negociada del conflicto bélico, lo que se tiene que construir es un entendimiento que no sólo sea capaz de conducir a soluciones funcionales, verificables y estables sino también de ser defendible por cada parte comprometida en el empeño ante su propia gente, donde a menudo están las resistencias más difíciles y los rechazos más beligerantes.

Como el punto clave está en redireccionar las voluntades políticas del área de la confrontación improductiva al área de la comunicación constructiva, es inevitable motivar un cambio real y comprobable en el modo de relacionarse entre las fuerzas políticas y entre sus representantes. En su mensaje del 15 de septiembre, el Presidente de la República pidió que hubiera tolerancia y respeto para el tratamiento de la problemática nacional. Es un llamado atinado, y en seguimiento del mismo la parte gubernamental tendría que partir con el ejemplo en los hechos. Y es que ahora de lo que se trata es de hablar con el ejemplo por parte de todos, porque las condiciones y las exigencias de las mismas no hacen distingos.

Ahora que viene un punto tan delicado como la aprobación del Presupuesto General de la Nación para el año que está por llegar se presenta una ocasión muy propicia para hacer un buen ejercicio de racionalidad desde todos los ángulos.

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