Táriq ibn Nayib

Los visigodos, “bárbaros” que se apoderaron de la provincia romana Hispania, tenían en los reinos del sur luchas de poder, a las cuales una de las partes tuvo la tentación de llamar en auxilio las tribus bereberes, musulmanas, del Norte de África.
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 Estas dudaron en cruzar el estrecho que separa los dos continentes, pero en el 711 se le ordenó al general Táriq ibn Ziyad que lo atravesara, lo cual hizo el 27 de abril con un pequeño contingente, transformado rápidamente en poderoso ejército, que aplastó a los nobles litigiosos y avanzó hacia el Norte de la península: había comenzado la ocupación musulmana de España, para liberarse de la cual fue necesaria una guerra de 800 años.

Uno de los peñones desde tiempos mitológicos denominados “Columnas de Hércules” fue renombrado en árabe Yabal Tariq, o «montaña de Táriq», en recuerdo del general que dirigió el desembarco en este lugar. La transformación de la pronunciación Íbal Tar devino en Gib al Tar y se españolizó Gibraltar.

Con Nayib empieza la conquista musulmana de El Salvador. Como en España, irá acompañada de progresos en las clases trabajadores, allá convertidos en óptimos ceramistas, excelentes labradores o grandes constructores; aquí ojalá en trabajadores, a secas, no más desocupados. Pero como en la Madre Patria, el cristianismo no se dejará sobrepujar por su milenario implacable rival. En una reacción tardía pero eficaz, en muchas iglesias católicas y de otras denominaciones, hubo sermones y jornadas de oración para que no se votase por un (sic) enemigo de Jesucristo. Quizás eso influyó en el reducido margen de su victoria, muy diferente a la “distancia que va desde once hasta más de veinte puntos”, que señalaba un prestigioso columnista, concluyendo precipitadamente:

“Los capitalinos ya decidieron por quién votar, y cuando los encuestadores se lo preguntan lo dicen con claridad”. Y acusando injustamente a los opositores de Bukele de ejercer “la difamación y la maledicencia” en una “campaña sucia”, que en realidad en nada se diferenciaba de la del FMLN, y en general de cualquier partido, contra sus antagonistas. Que los capitalinos no habían decidido por quien votar lo demuestran las apretadas cifras que se mantuvieron durante la mayor parte del recuento y, repito, la inesperada reducida ventaja.

El artículo del reputado columnista me lo reenvió la señor Noelia Zavaleta, desde un correo supuestamente del sindicato de FUDEM, una de las más nobles y respetables instituciones privadas del país, con una ensarta de insultos extremadamente vulgares, uno dirigido contra este periódico, que los prolongó por tres mensajes más, pese a reconvenirle que ofensas estoy acostumbrado a recibirlas por decenas, compensadas por los elogios por centenas, de mis lectores. Aunque aclaro que una cloaca más sucia que su boca nunca me había detractado. Me alegra saber por fuente fidedigna que FUDEM no tiene sindicato, que las malandanzas de ese nombre, probablemente falso, ya son conocidas en la institución y están preparando las acciones penales correspondientes.

Para terminar, hay que felicitar a Nayib por su triunfo, mérito de una impecable campaña, incluyendo la figura moderna, juvenil, que logró proyectar. Y agradecerle su discurso de proclamación: breve, conciliador y esperanzador.

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