Te echaremos de menos, viejo querido

Ocupó altos cargos públicos con gran patriotismo, excelencia y solvencia moral, como lo hizo también desde la trinchera de la empresa privada.
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Sus exequias fueron sencillas, pero se revistieron de un inusitado simbolismo cuando un joven graduado de Princeton nos trajo a la memoria las cualidades de un hombre de bien, leyendo la carta que le envió su abuelo cuando cumplió sus 21 años. Esta misiva forma parte de la columna que Santiago publicó en EDH, en memoria de su ancestro: Guillermo Hidalgo Qüehl. Quienes presenciamos la forma serena con que su descendiente leyó el mensaje, frente al féretro cubierto por la bandera de la entidad a la que dedicó sus últimos años –la Bolsa de Valores–, no pudimos menos que conmovernos.

A Guillermo lo conocí en 1964 en el Banco Central, donde él fungía como vicepresidente, y yo, en mi segundo trabajo, me esmeraba en poner en práctica los conocimientos adquiridos cuando todavía cursaba solo tercer año de economía. Por esas casualidades de la vida, años antes (1958) había conocido a su padre, quien se desempeñaba como juez de Cuentas en el ente contralor donde obtuve mi primer empleo. Recuerdo que con ninguno de ellos interactué directamente, pero sí supe, a través de compañeros de trabajo, que ambos eran de trato fino, amigable y de una conducta intachable. Era la época en que las dos entidades se distinguían por el respeto, la confianza y la credibilidad que les otorgaba la sociedad.

Muchos años después, volvería a encontrarme con aquel personaje que eventualmente compartió con otros distinguidos salvadoreños la responsabilidad de conducir la política monetaria del país, que tanto nos prestigió. Corría 1986, cuando se me invitó a participar en un grupo de empresarios que buscaba una salida a los problemas de pagos dentro de la región y que afectaban grandemente los intereses de El Salvador. Durante el intercambio de opiniones sobre ese tema, surgió eventualmente la iniciativa de impulsar la creación de una bolsa de valores.

El espacio no permite elaborar sobre el calvario que vivió el Grupo Promotor que se creó con ese propósito. Solo baste recordar que entre la elaboración del estudio de factibilidad (cuya tarea me fue encomendada) y el inicio de operaciones de la Bolsa en abril de 1992, transcurrieron más de seis años, recordando que ya en los sesenta se había hecho un primer intento que terminó en fracaso. Y este calvario solo se pudo soportar bajo la guía, el entusiasmo y hasta la devoción del Dr. Hidalgo, a quien el Grupo designó como coordinador y, en su momento, promovió como primer presidente de lo que legalmente surgió como Mercado de Valores de El Salvador, S. A., que gracias al empeño de Guillermo, se erigió como la sociedad más abierta hasta ese momento, con la emisión de 100 acciones, adquiribles por igual número de socios.

Mi participación en la primera junta directiva de la Bolsa y en el desarrollo de todo el proyecto me permiten afirmar que la entidad tiene en Guillermo a su legítimo progenitor y como padrinos a los otros miembros del Grupo Promotor, algunos de los cuales le precedieron en el viaje sin retorno: doctores Mario Luis Velasco, Abelardo Torres y licenciado Rolando Duarte. Su visión, al sumarse a la idea original de Jorge Zablah y la de quienes se adhirieron a ella tiempo después (Arturo Álvarez Meza y Roberto Llach), fue la semilla que germinó de manera robusta para dar frutos maravillosos de manera temprana. Cuando Guillermo dejó la presidencia, una nueva generación, liderada por Rolando Duarte hijo, recogió el estandarte hasta dar un salto de calidad que nos tiene a las puertas de materializar aquel sueño de sus pioneros: desarrollar un vigoroso mercado de capitales. El proceso pudo haber comenzado mucho antes con solo que el gobierno de turno hubiera avalado la idea de Guillermo y que compartíamos los directores, de que la privatización de los sectores estratégicos se realizara a través de la Bolsa. La propuesta no cuajó, a pesar de que hubiera impulsado un capitalismo popular, como en Chile; pero igual quedó como referente para quienes demonizan al mercado.

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