Teatro

El guion es pobre, pero la puesta en escena del Gobierno lo compensa con histrionismo. No sé el título completo de la pieza pero iba de sangre, patria y silencio. Antes, San Salvador estaba partido por una nomenclatura de números, nortes y sures. Ahora, lo divide una línea de sangre. De la línea hacia acá, la nación denuncia los crímenes; de la línea hacia allá, los aplaude.
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Y a tenor de lo que leemos, escuchamos y vemos ahora, tras el banderillazo “a la fuerza, valentía, firmeza y determinación (nunca la violencia tuvo tantos apodos)” dado al brazo coercitivo del Estado por el vicepresidente de la República, los salvadoreños que viven en los municipios dormitorio deben prepararse para ver, oír y callar.

No es un auditorio difícil. Para muchos de nuestros hermanos, la reconquista del territorio a través de la fuerza es hoy una promesa, la posibilidad de un alivio tras años de sometimiento a la criminalidad. Hartos de los barones de la extorsión, de soportar el abuso “de los cipotes”, de habituarse a obedecer a “la palabra”, abrazarán felices a soldados, comandos y policías. Es el regreso del Estado a esas comunidades, el regreso del orden tras su subversión.

Conozco a buenos ciudadanos a los que las pandillas les han asesinado a un hermano, a un pariente, a un amigo; alguno cerró su negocio por una extorsión; no nos lo dicen, pero la zozobra es pan diario, por más que alguno haya cambiado su número de teléfono, o se haya mudado a toda prisa, o esconda su DUI cuando atraviesa esa esquina. Los escuchas relatar ese oprobio y supones que los quieren muertos a todos. ¿Quién se encariña con su verdugo? “Pronto estará más tranquilo”, concluyen. Antes, y lo saben, correrá la sangre; no, no se armará a los ciudadanos, solo se les pide colaborar denunciando una flagrancia y callándose la otra.

El Estado salvadoreño, pues, vuelve a sus raíces. Y vuelve a rehuir el problema de fondo, apetecido por atacar lo fenoménico. Hoy lo fenoménico es una insoportable ola delincuencial, adobada con narcomenudeo y crimen organizado; antes tuvo otros nombres, algunas banderas, muchos hambrientos. Pero de fondo, perviviendo ahora como hace un siglo, late la desigualdad, la matriz del despojo, caldo nutricio de los marginados.

La desigualdad es la maldición de El Salvador. Maldición doble porque pese a estar inscrita en nuestra vida cotidiana, no nos parece obvia. Forma tanta parte del paisaje como nuestros volcanes dormidos. El Estado no está comprometido contra la desigualdad; históricamente ha sido más bien su principal garante. Y nuestra vida democrática está ya tan “avanzada” que las dos facciones que se pelean el control del aparato gubernamental ya liberaron su discurso de referencias a esa tara. Se puede ser demócrata e importarte un comino la desigualdad. Hasta se puede ser cristiano.

No todos valemos lo mismo. No en El Salvador. Por eso no todos tenemos agua (ni nos parece materia de un chiste estúpido). No todos tenemos a nuestros hijos en la escuela. No a todos nos toca hacer cola para recibir un “no hay” en el hospital. No a todos nos toca pagar renta. Ni la renta. Y no todos presenciaremos crímenes en los próximos días, aunque quizá todos nos los callemos.

No valemos lo mismo vivos. Ni tampoco muertos.

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