Tejidos que lleva el alma

La revista dominical Séptimo Sentido de LA PRENSA GRÁFICA nos trajo el domingo pasado un reportaje basado en el periódico digital Plaza Pública de Guatemala, sobre el sufrimiento de mujeres indígenas que durante la guerra civil de Guatemala fueron esclavizadas y abusadas sexualmente en un destacamento militar.
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Se narra cómo mujeres sobrevivientes, nominadas Actoras de Cambio, se propusieron luchar para llevar a la justicia a quienes las maltrataron, las vilipendiaron, las ultrajaron, algo que lograron después de tres décadas para alcanzar la justicia.

Amandine Fulchirone, una politóloga francesa que llegó a Guatemala en 1998, dos años después de que se firmaron los Acuerdos de Paz, creó en compañía de otras mujeres un colectivo feminista con el objetivo de romper el silencio de las indígenas mayas abusadas sexualmente durante la guerra. En su libro Tejidos que lleva el Alma, Fulchirone narra que a las mujeres les preguntaban sobre los desaparecidos, los torturados, las masacres, pero nunca sobre ellas mismas y lo que les había ocurrido.

Entre otras violaciones denunciadas, las mujeres que habían sufrido con su silencio relataron cómo en el cuartel Sepur Zarco, situado en un área comprendida entre Izabal y Alta Verapaz, el destacamento fue convertido en un lugar de recreo para los soldados. Un lugar para la esclavitud sexual y doméstica para muchas mujeres, después de que desaparecieron a sus esposos para facilitar las violaciones.

A todo lo dicho por el reportaje podría agregar que el libro Tejidos que lleva el Alma no solo es una compilación de testimonios sobre el sufrimiento de las mujeres mayas durante le guerra, sino el patrón cultural de nuestros países de que la sociedad rechaza a la mujer abusada, ya que la culpa de haber provocado al abusador, de haberlo permitido, de deshonrar a su esposo, hijos y hermanos, y esto se convierte en una revictimización de la ofendida.

Según el libro, la mujer indígena violada no solo debe vivir con el trauma de los abusos que tanto soldados como guerrilleros cometieron contra ella, sino que encima es estigmatizada, acosada y denigrada en su propia comunidad. “Nos sentíamos malas, sucias, pecadoras”, confesó una de las sobrevivientes durante la investigación. Entrevistada por una revista mexicana respecto a su libro, Fulchirone apuntó: “Durante la guerra en Guatemala los feminicidios se dieron particularmente contra mujeres indígenas del área rural, aunque hoy las víctimas parecen ser mujeres urbanas y jóvenes de clases bajas. Pero ambas situaciones tienen en común la idea de que las mujeres son usables, maltratables y desechables”.

Agregó: “Esta situación de extrema brutalidad contra las mujeres solo se puede dar en un sistema que las deshumaniza, las desvaloriza y las cosifica (tratar a alguien como cosa)”. Finalmente en febrero de este año, dos militares fueron condenados a penas centenarias de años. En la lectura de la sentencia la presidenta del tribunal señaló que los jueces pudieron establecer que los condenados primero desaparecieron a los hombres para que quedaran solas y abusar sexualmente de ellas. Agregó que la represión del ejército se debió a que los campesinos buscaban legalizar las tierras que históricamente les pertenecían, pero los finqueros de la zona no se los permitían. La oficina del Alto Comisionado de la ONU expresó que “la condena rinde homenaje a las víctimas, quienes tras décadas de esfuerzos obtuvieron justicia”.

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  • septimo sentido
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