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Temas como el cambio climático y el cambio generacional deberían servir como motores impulsores hacia un mañana más comprensivo

La Naturaleza nos necesita, para que enmendemos nuestros errores y corrijamos nuestros abusos al respecto; y la Vida nos necesita para que reunamos energías intergeneracionales en la procura de un mejor destino en todos los aspectos.

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David Escobar Galindo

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Hablar de cambio es una tendencia humana que nunca dejará de estar presente en todas las circunstancias del vivir individual y colectivo, independientemente de las características propias de los diversos momentos históricos y de las alternativas positivas o negativas que se vayan presentando en los respectivos trayectos. Esa tendencia se manifestó siempre como producto de la voluntad puesta en práctica, principalmente por impulso de los intereses del poder; pero en esta época presente lo que va predominando, con intensidad expansiva, es una expresión de cambios que si bien están íntimamente vinculados con el acontecer humano, tienen su origen en realidades externas a nuestras intenciones y propósitos. Y aquí señalamos, con especial énfasis, el cambio climático y el cambio generacional, que están hoy en la primera línea del interés global, con una gran cantidad de sensaciones y emociones en juego.

Con creciente frecuencia se oye decir que el clima está loco, y tal percepción es en verdad producto de las trepidantes transformaciones que se están presentando por doquier. Y es que la globalización es mucho, muchísimo más que un fenómeno técnico o intencional: es producto de las aperturas posteriores al artificio constrictor que impuso la bipolaridad mundial. Hoy, en otro plano, el clima se ha globalizado transversalmente, y la indisciplina climática se ha activado paralelamente a todas las otras transversalidades imperantes. Las acciones humanas inciden directamente en el cambio climático, y por eso las naciones más poderosas se ponen a la defensiva, ya que son ellas las que más inciden en dicho trastorno por abusos como la emisión de gases de efecto invernadero. Todos tenemos que aceptar nuestras respectivas responsabilidades y tareas en este campo, si no queremos que el clima nos arrase.

A la par que se ha venido dando el creciente trastorno climático en todas las latitudes, hemos estado presenciando, en otro plano, un brote generacional que trae novedades sorprendentes o al menos inquietantes en muchos sentidos. Lo que ahora se percibe al respecto es que se está dando cada vez más un cruce de generaciones que pone al devenir humano en una condición que no había presentado en las etapas precedentes. Las generaciones de antes y de hoy se manifiestan entonces en una doble dinámica: en lo formal parecen totalmente distantes, pero en lo vivencial tienen enlaces constantes. ¿Cómo podríamos, entonces, calificar una situación que pareciera a veces una película del absurdo y en otras una fusión realista de circunstancias? Quizás la calificación más próxima a lo real sería: equilibrio de contrastes que se juntan en el plano de la convivencia temporal.

Estos dos ejemplos tan cargados de significaciones evolutivas, que hacen ver sin evasivas lo que es la evolución tanto geográfica como existencial en nuestros días, deberían movernos hacia la convicción estimulante de que es un privilegio estar aquí en este preciso momento. Privilegio que constituye al mismo tiempo una gracia y un compromiso. La Naturaleza nos necesita, para que enmendemos nuestros errores y corrijamos nuestros abusos al respecto; y la Vida nos necesita para que reunamos energías intergeneracionales en la procura de un mejor destino en todos los aspectos. Nada de esto va a pasar si los seres humanos de esta hora nos empecinamos en la negación y en el aislamiento, que han sido las peores muestras de incultura anímica que es posible imaginar.

Es hora de superar conscientemente viejos paradigmas que promovían la discriminación, el desentendimiento, el abuso y los prejuicios de la más variada índole. Así se fue dejando al garete la sucesión de las generaciones, se ha promovido un constante abuso de la Naturaleza para satisfacer intereses económicos del más alto nivel, se potenció la desigualdad social hasta límites inverosímiles y se ha propiciado un esquema discriminatorio de amplios y profundos alcances. Todo eso hay que corregirlo de raíz para posibilitar que pueda activarse un progreso que vaya derivando en desarrollo.

Hablamos de un mañana más comprensivo, para lo cual es indispensable garantizar un hoy que contenga elementos modificadores en positivo de las condiciones que vienen prevaleciendo en el ambiente. La gestión gubernamental, en todas sus expresiones, es factor decisivo al respecto, y por ello hay que acompañar los signos prometedores que se están dando desde ahí. Se debe ir al ritmo del tiempo, con todos los requisitos que eso demanda.

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