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Temas de Iglesia

La elección del nuevo obispo de Roma y sucesor de Pedro en el pastoreo de la Iglesia ha marcado a este mes de Marzo de un modo especial.
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El hecho de que sea latinoamericano ha impactado positivamente a nuestra gente, que de alguna manera sentía la necesidad de verse representada dentro de una Iglesia católica demasiado centrada en Europa, a pesar del desplazamiento de la creatividad, el martirio e incluso el número a otras zonas del mundo. La elección del nombre de Francisco ha sido también significativo. Cuando San Francisco de Asís sintió el llamado de Jesús a construirle su Iglesia, entendió muy pronto que la llamada pedía la construcción de una Iglesia viva, pobre, solidaria con los pobres y abierta evangélicamente a la sencillez solidaria. Si otros grandes personajes iniciaron reformas en la Iglesia desde el servicio de la autoridad o incluso buscando apoyos en los poderes de este mundo, Francisco comenzó su reforma de la Iglesia desde abajo y desde los pobres. En este mundo donde predomina una “guerra de los poderosos contra los débiles” (Juan Pablo II, 2004), que el nuevo papa elija el nombre de Francisco es muy sintomático. Y si a ese nombre añadimos el de Francisco Javier, misionero y dialogante con culturas alejadas del cristianismo, tenemos un panorama prometedor.

El estilo del hasta hace poco cardenal Jorge Mario Bergoglio, al aparecer en la ventana de los edificios vaticanos para presentarse a la multitud expectante, fue también muy latinoamericano. Comenzó diciendo buenas tardes, con ese estilo cercano y amistoso que prescinde del hieratismo solemne que muchas veces preside apariciones y liturgias oficiales. Y continuó pidiendo a los congregados que primero fuera la gente la que lo bendijera a él, antes de impartir él la clásica bendición “urbi et orbi”. Cercanía, preocupación pastoral y fuerza simbólica marcan el contenido principal de esta elección. Está bien que digamos que es el primer papa latinoamericano, el primer Francisco en el ministerio petrino y, menos importante, que es el primer papa jesuita, y resaltemos noticiosamente esa novedad. Pero nada de eso tiene importancia si no fuera unido a ese estilo profundamente pastoral, sencillo y cercano a la gente, con el que se ha destacado desde el primer momento.

Y todo esto, sucediendo para nosotros, salvadoreños, precisamente en el mes que recordamos a dos pastores, Rutilio y Romero, que desde esa misma sencillez y cercanía en épocas duras para nuestro pueblo, de exigencia profética y solidaria, dieron la vida por nuestro pueblo. También ellos son parte y cimiento de esta iglesia latinoamericana, cercana a sus pueblos hasta la sangre y el testimonio martirial. Y en cuanto testigos del amor y la defensa de los pobres se alzan como maestros y padres de nuestras iglesias, mostrando caminos solidarios y de esperanza. Las primeras actitudes del papa Francisco parecen cimentadas en esta tradición de cercanía al pueblo en la que los mártires son siempre maestros. Y de este modo, como latinoamericanos, debemos refrendar este modo de ser Iglesia, unida a la gente, a sus necesidades, a sus luchas en favor de sus derechos, a sus esperanzas de una vida mejor, más digna y sin necesidad de emigrar. El martirio precede siempre al ministerio petrino y apostólico. Por eso, insistir en nuestro deseo de beatificación y canonización de Monseñor Romero ayuda al papado a seguir el camino de Jesús. De ese Jesús que preguntó tres veces al Pedro triplemente negador si le amaba en su calidad de crucificado y resucitado. Celebrar al papa Francisco y a Romero mártir en idéntico mes es bueno para la Iglesia.

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