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Tenemos cada vez más cerca las elecciones presidenciales de 2019, y las figuras de los presidenciables ya comienzan a hacerse visibles

El tiempo vuela, y dentro de poco tendremos a los contendientes en acción. Ojalá que lo que venga traiga expectativas frescas en todos los sentidos.
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En el calendario electoral el tiempo parece tener más prisa que en otros espacios de medición, y de seguro es así porque las expectativas y las ansiedades políticas nunca descansan. Pasa una elección y casi de inmediato se empieza a pensar en la siguiente, ya que la competencia no descansa ni un solo instante. En el caso de las elecciones presidenciales eso se agudiza aún más, porque se trata de definir la conducción más relevante del proceso nacional; y cuando el régimen es presidencialista como en nuestro caso, hay aún más estímulos para que el foco esté prendido siempre, porque el poder personalizado así lo demanda. Nuestro presidencialismo ha tenido dos etapas: la larga época en que imperaba una especie de concentración excluyente, lo que hacía que hubiera seguridad sobre quién sería el siguiente pero siempre estaban encendidas las alertas sobre lo que pudiera pasar después, con el Golpe de Estado como espada de Damocles; y esta nueva época democratizadora que se inició en 1980 en la cual se sabe que una vez realizada la elección no va a haber trastornos poselectorales de carácter estructural pero cuyo resultado en cada caso nunca se puede asegurar de antemano.

Las campañas electorales en lo referente a la elección presidencial vienen siendo cada vez más extensas, y eso deriva seguramente del hecho de que las diferencias numéricas entre los dos partidos más fuertes se han venido haciendo cada vez más estrechas. ARENA y el FMLN representan competitivamente hablando al sector de derecha y al sector de izquierda; sin embargo, el peso electoral de los que no se identifican formalmente con ninguna de esas dos formas de pensamiento, de enfoque y de estrategia tiene creciente relevancia, y esto acrecienta la incertidumbre en el ambiente político. Y al ser así, la pugna electoral se va pareciendo progresivamente a un albur electoral. El juego es entonces mucho más aleatorio de lo que pudiera parecer, lo cual le agrega pálpitos e inquietudes al ejercicio competitivo.

La permanencia y la alternancia están sobre el tapete. Y aunque la alternancia es más natural y sana en el desenvolvimiento democrático, la permanencia es sin duda una tentación irresistible, porque el poder es adictivo. En la elección de 2019 volverán a manifestarse todos esos propósitos, y el electorado nacional –que nunca ha perdido su vocación de equilibrista histórico según las circunstancias de cada momento– tendrá que decidir al respecto. Es por eso que en esta ocasión los partidos –y muy en particular los dos que repuntan en la percepción popular– tienen un reto muy claro y muy difícil a la vez: ofrecerle al electorado lo que este percibe como lo más sensato y oportuno en la coyuntura presente, y decidirse a cumplir aquello que se ofrece, porque los apremios ciudadanos para que sea así se han vuelto irresistibles.

Como decíamos, los nombres y los rostros de los presidenciables ya están en circulación, aunque todavía en esa especie de limbo que precede a las definiciones partidarias al respecto. Y por lo que se puede percibir hasta la fecha, la competencia podría ser más sustantiva y consistente que en otras oportunidades. Si fuera así, nuestro proceso de estabilización política estaría ganando puntos en su propio desarrollo, que es lo que tendría que esperarse luego de todas las experiencias acumuladas en los años recientes.

El país está necesitando un ejercicio de sensatez en prácticamente todos los órdenes; y aunque las elecciones son sólo uno de los factores que pueden determinar que eso ocurra, sin duda constituyen una oportunidad periódica para hacer proyecciones reorientadoras. En tal sentido, los candidatos para las presidenciales del año 19 tienen un rol determinante, y por eso ya no es sostenible que sean sólo producto de los juegos privados de las cúpulas, sino que deben responder a la sana interacción entre las estructuras partidarias y las voluntades del entorno.

Esperamos que lo que está comenzando a visualizarse ya con nombres y apellidos en el escenario preelectoral de las presidenciales se perfile efectivamente en los hechos como lo que podríamos llamar una nueva forma de contienda, con capacidad de enfocarse de veras hacia adelante. Es lo que los ciudadanos, y más decididamente los jóvenes, demandan con creciente insistencia. Es hora, pues, más que sobrada, de recoger y activar el mensaje, que corresponde a la vez a lo que la realidad demanda.

El tiempo vuela, y dentro de poco tendremos a los contendientes en acción. Ojalá que lo que venga traiga expectativas frescas en todos los sentidos.
 

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