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Tenemos que activar en el país una verdadera vivencia de hermandad

Dejemos de temerle a la hermandad, y permitamos, como sociedad y como institucionalidad, que la salvadoreñidad se vuelva vivencia en todos los haceres y quehaceres de la vida cotidiana.
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En El Salvador se ha sufrido, a lo largo del tiempo, un fenómeno de división nacional que, al irse agudizando progresivamente, llevó hasta el conflicto fratricida que se extendió al menos durante veinte años, en lo que podríamos llamar preguerra y guerra abierta. Tal división tuvo sus orígenes más remotos allá en los primeros tiempos de nuestra vida republicana, cuando no se hizo, ni desde los liderazgos ni desde la institucionalidad, el esfuerzo debido para construir democracia, cultivar solidaridad y generar convivencia pacífica y saludable. Al pasar el tiempo sin empeños correctivos, la división se convirtió en una especie de fatalidad histórica, con las consecuencias conocidas.

Una guerra interna es una guerra entre hermanos, por graves y agudas que sean las diferencias que la detonan en el tiempo. Cuando se da un conflicto bélico de tal naturaleza, lo que se pone en práctica es la consigna más destructiva de todas: para salir adelante hay que eliminar al contrario, a cualquier costo. En eso estuvimos inmersos los salvadoreños por muchísimo tiempo, y los efectos anímicos y conductuales de ello siguen de alguna manera presentes, dificultando la recomposición del alma nacional, término que ya ni siquiera se menciona en el ambiente. Pero tenemos un alma nacional, y hacerla revivir es tarea urgente y reivindicadora de lo propio en su más profundo y revelador sentido.

Traemos a cuento tal situación, en estos días que deben ser propicios al recogimiento y a la reflexión, porque consideramos indispensable hacer resaltar que una posguerra de la naturaleza de la nuestra no puede quedarse en los hechos externos: hay que llevarla a las interioridades del ser nacional, que es donde están los núcleos sustentadores de la paz, de la estabilidad y del progreso. Los salvadoreños fuimos capaces de cerrar la guerra con una voluntad de paz verdaderamente ejemplar; pero, a nuestro estilo más deplorable, dejamos la paz ahí, como si fuera un objeto de museo, cuando en verdad se trataba de una agenda de trabajo.

En esa agenda, el primer punto es lo que comúnmente se llama reconciliación. Tema evidentemente inconcluso. Hay que puntualizar que la reconciliación no es un acto formal y pasajero, sino una suma de momentos significativos: reconciliarse es reconocer al otro como semejante; en seguida, asumir que tiene los mismos derechos básicos que todos; y, además, aceptar que todos estamos unidos por una misión común que se llama destino nacional. Todo eso constituye la hermandad activa que nos convierte en nación con vida propia.

Se habla con frecuencia de crisis de valores, y efectivamente la hay; pero casi nunca se dice que la raíz principal de dicha crisis está en dejar de lado a cada paso nuestra identidad compartida. Una identidad que tiene raíces profundas, que permanecen aquí a pesar de los incontables y persistentes intentos para erradicar o al menos invisibilizar dichas raíces. La democracia, que es eminentemente esclarecedora y transparentadora, nos pone hoy, cada día, ente el espejo de lo que somos y ante la tarea de revelar lo que podemos y queremos ser. Y esa es una de las ventajas más notables que nos han traído los nuevos tiempos.

Dejemos de temerle a la hermandad, y permitamos, como sociedad y como institucionalidad, que la salvadoreñidad se vuelva vivencia en todos los haceres y quehaceres de la vida cotidiana.

Eso sería la base de un verdadero dinamismo renovador.

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