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Tenemos que aprender a lidiar con una época de incertidumbres abiertas

El signo caracterizador de los tiempos es la incertidumbre; pero una incertidumbre no postradora sino animadora. Y esa es otra de las señales palpitantes del momento.
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Tenemos que aprender a lidiar con una época de incertidumbres abiertas

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Los tiempos históricos nunca son iguales entre sí. Cada época y aun cada momento del devenir tienen su propia identidad, su propio tono y su propia temperatura. Los decenios más recientes permiten hacer comparaciones muy ilustrativas al respecto. Inmediatamente después de concluida la Segunda Guerra Mundial, se afianzó en el mundo la bipolaridad entre capitalismo y comunismo: parecía que el futuro estaba definitivamente marcado por dicha alternativa. Cada una de esas dos presuntas opciones imaginaba que tendría fuerzas para llegar hasta el Día del Juicio Final. Y de pronto, aquella certidumbre tan arraigada voló por los aires. La bipolaridad ideológica se esfumó, y lo curioso es que la fuerza sobreviviente —el capitalismo— quedó en crisis. Se abrió la era de la dispersión de fuerzas, que es ésta en la que nos movemos con tanto sobresalto.

En nuestros días, no hay ideologías a las cuales aferrarse, porque las ideologías se han vuelto volátiles y huidizas. Lo que queda es bracear entre los oleajes de la realidad, como estamos viendo en todas partes. La antigua caracterización de mundos también es hoy un cuadro indefinible. Se habló por mucho tiempo de Primer Mundo, de Segundo Mundo, de Tercer Mundo y de Cuarto Mundo. Calificación que parecía impecable. El Segundo Mundo —el del conocido como socialismo real— se disolvió sin pena ni gloria, como las bengalas de los carnavales. En las circunstancias de la actualidad, el Primer Mundo padece convulsiones que no tienen nada que envidiarles a las del Tercer Mundo. Los países emergentes son una ensalada que muy difícilmente hubiera sido imaginable. Y tanto el Tercer Mundo como el Cuarto Mundo están en vías de desperezarse.

El signo caracterizador de los tiempos es la incertidumbre; pero una incertidumbre no postradora sino animadora. Y esa es otra de las señales palpitantes del momento. Esto es aplicable a todos, porque es un signo de expansión global. Desde luego, también nos toca a nosotros, los salvadoreños, que por primera vez estamos haciéndonos visibles en el mapa. Si comparamos a los salvadoreños que describe Roque en su “Poema de Amor” con los que en estos días van tomando posiciones aún en las sociedades más desarrolladas podemos apreciar las grandes diferencias en marcha. Fenómenos de este tipo nunca pueden ser sendas de rosas: son caminos encrespados, con desafíos y amenazas a cada paso. Lo podemos constatar en nuestra propia realidad, como país de los que se quedan y como país de los que se van. Destinos inevitablemente paralelos.

La verdadera diferencia entre estos tiempos y los que les antecedieron es que antes parecía haber certidumbres básicas inamovibles, que desde luego eran fantasiosas y encapsuladas, y hoy vivimos todos en el reino de la incertidumbre, pero con posibilidad de construir certidumbres pragmáticas en todos los niveles de la realidad. Los desarrollados de entonces están pasando hoy por las pruebas ácidas de su propia ingenuidad irresponsable: ¿Quién lo hubiera pensado? Y los que están aún en la ruta para alcanzar el desarrollo tienen la ventaja de ver en vivo y en directo los errores de las concepciones mecánicas y por ende engañosas del desarrollo. Hay ya, pues, al menos, una certidumbre de fondo: nadie puede ponerse por encima de la realidad, cualquiera que sea su poder acumulado. Esta es una lección vital, que de seguro marcará todos los desenvolvimientos futuros.

En un ambiente como el nuestro, las incertidumbres generales se juntan con las incertidumbres locales. Y esa mezcla se vuelve alucinante y provoca toda clase de vértigos. Nosotros también tuvimos nuestra era de certidumbre ficticia, que se caracterizó por el dominio de un autoritarismo que se consideraba facultado para definir todos los procederes de la realidad. Cuando dicho autoritarismo entró en crisis, tuvo que venir a tomar el relevo la opción democratizadora. Y ya sabemos que la democracia es una constante construcción en marcha, en la que nada está seguro, salvo su ejercicio, cuando éste puede ir consolidándose en el terreno. Tenemos, entonces, que entrenarnos en lidiar con diversas formas de incertidumbre, algunas connaturales al régimen democrático y otras resultantes de vicios e irresponsabilidades corregibles.

En todo caso, lo que hay que mantener es el vehículo en marcha, tanto el vehículo global como el vehículo nacional. El viejo inmovilismo, que antes hasta daba una perversa sensación de estabilidad y seguridad, ahora mismo es una aberración que no tiene ninguna capacidad de supervivencia. La convocatoria es al movimiento consciente y sin fronteras. Hay infinidad de trabajos por hacer. Y el principal de ellos: viabilizar un mundo realmente vivible y convivible, hasta en los rincones tradicionalmente más olvidados.

Tags:

  • dispersion de fuerzas
  • incertidumbre
  • sociedades

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