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Tenemos que asumir el reto de estar al día con nuestra propia realidad para que ésta no siga haciéndonos pagar más consecuencias

En vez de seguir en las confrontaciones estériles habría de abrirle cada vez más espacios al entendimiento razonable, sobre todo en las cosas básicas.
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Tenemos que asumir el reto de estar al día con nuestra propia realidad para que ésta no siga haciéndonos pagar más consecuencias

Tenemos que asumir el reto de estar al día con nuestra propia realidad para que ésta no siga haciéndonos pagar más consecuencias

Tenemos que asumir el reto de estar al día con nuestra propia realidad para que ésta no siga haciéndonos pagar más consecuencias

Tenemos que asumir el reto de estar al día con nuestra propia realidad para que ésta no siga haciéndonos pagar más consecuencias

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El Salvador viene padeciendo, desde hace ya bastante tiempo, una especie de estancamiento crónico que si bien tiene sus altas y sus bajas en el curso del proceso se ha mantenido como constante desactivadora de energías y desalentadora de iniciativas. Esta realidad no puede ser disimulada en forma sistemática, según se ha pretendido hacer de tantas maneras sobre todo en los años más recientes, porque sus efectos están ahí, haciéndose sentir con distintos impactos en el día a día de todos. Lo que se impone, entonces, como una necesidad cada vez más apremiante e ineludible, es ponerle verdadera atención al fenómeno, y no sólo para observarlo desde afuera sino para analizarlo desde adentro.

El estancamiento se da cuando lo que hay que hacer conforme a las circunstancias imperantes no se hace con la suficiencia y el dinamismo debidos. En otras palabras, lo que en El Salvador estamos padeciendo es un desfase práctico entre lo que habría que hacer y lo que se hace para que el país esté a la altura de sus desafíos presentes. Y esto, curiosamente, se ha puesto cada vez más en evidencia a partir del inicio de la posguerra, hace casi un cuarto de siglo. Aquí tenemos que reiterar un dato básico: cuando se abren oportunidades verdaderamente renovadoras y no se responde a ellas de manera adecuada, en vez de darse el progreso factible se da la desactivación progresiva.

Allá en 1992, al producirse el fin negociado de la guerra interna, se abrió en el país un abanico de posibilidades sin precedentes, que desafortunadamente no fueron percibidas como tales y por consiguiente no se les aplicaron los tratamientos que habrían asegurado su debido y sostenido aprovechamiento. Por el contrario, lo que se hizo fue seguir en las mismas, como si el manejo de la realidad pudiera ser básicamente el de antes. Así las cosas, esa misma realidad comenzó a pasarnos factura por nuestra irresponsabilidad acumulada, y así hemos llegado al momento actual, en el que las tareas correctivas y reconstructivas por hacer ya no dan para más excusas postergatorias.

Pongamos sobre el tapete uno de los temas críticos para la buena marcha de la evolución nacional: la productividad. Ser efectivamente productivos no sólo significa producir en forma mecánica, sino que implica hacerlo conforme a los requerimientos de la actualidad tanto interna como externa y según las características de los momentos sucesivos. Es decir, hay que producir en función de la competitividad, para que lo que se produce funcione como motor real de avance económico y social. Todo esto requiere tener una apuesta productiva surgida de la evaluación sincera e inteligente tanto de las ventajas comparativas como de las limitaciones propias. Aquí no se trata de un juego de azar sino de una decisión a fondo.

En cuanto a la competitividad, lo que los salvadoreños estamos necesitando es revisar, en primer término, las condiciones que se viven en nuestro entorno inmediato y en los países con los que tenemos más similitudes estructurales para saber cuáles son los desafíos competitivos que debemos enfrentar de manera creativa y proyectiva. Al tener el panorama lo más claro posible tendrían que venir las decisiones sobre nuestra conducta como competidores con efectivas posibilidades de éxito. El punto de los incentivos es determinante en todo caso. Hay que ver lo que ofrecen los demás para atraer inversión y mover energías internas, a fin de organizar la forma de estar a la delantera. Y el Estado debe entender, de una vez por todas, que lo más importante no es lo que él recibe como beneficios sino lo que recibe el país.

Hacer los diagnósticos pertinentes en todos estos temas es una labor que no le corresponde a nadie en exclusiva sino a todos los actores nacionales en conjunto. Desafortunadamente, esto es lo que parece más difícil de lograr porque las resistencias a hacerlo, sobre todo en el plano político, no ceden en su obsesión desintegradora. Lo que se está necesitando, entonces, es un reciclaje de actitudes que permita entrar en una nueva fase evolutiva.

En vez de seguir en las confrontaciones estériles habría de abrirle cada vez más espacios al entendimiento razonable, sobre todo en las cosas básicas. En tanto eso no ocurra la realidad seguirá siendo un rompecabezas rebelde.

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