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Tenemos que llegar lo más pronto posible a una verdadera reconciliación nacional que mire directamente hacia el futuro

Hablamos de reconciliación nacional no en plan de formalismo ceremonioso, sino como ejercicio de voluntades dispuestas a ponerse en línea en función del mejor destino del país y de su gente.
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Una vez concluido el conflicto bélico que desangró y desgastó al país durante más de una década en el terreno, se establecieron las bases elementales de una nueva era, que venía de la mano con el despliegue de la democracia en un escenario fortalecido por las condiciones de la solución política de la guerra interna. Esa nueva época no era ningún anuncio de “transformaciones liberadoras” al estilo de las propagandizadas desde los cuarteles ideológicos, sino un producto histórico muy distinto, fundado en el realismo de lo que funciona en forma natural. Justamente eso es la democracia haciéndose valer como tal.

Pero lo que se ha vivido en el país en los tiempos recientes no ha respondido a cabalidad, y ni siquiera en una medida verdaderamente significativa, a las posibilidades abiertas por el desenlace político del conflicto bélico. Hay que hacer, sin embargo, al respecto, algunos distingos y precisiones que echen luz sobre lo que en realidad ha ocurrido y sigue ocurriendo. Para empezar hay que decir que una vez sellada la solución de la guerra no volvió a sonar en el país ni un solo disparo de la misma, lo cual es un resultado realmente ejemplar en todo sentido y en cualquier parte. También hay que decir que durante todo este período se ha mantenido en pie y sin ningún signo de regresión el esquema democrático potenciado por el paso a la posguerra. Son señales de altísimo valor sobre lo que los salvadoreños somos capaces de lograr cuando hay voluntad para ello.

En realidad lo que sigue quedando vivo del conflicto pasado es un conjunto de actitudes que se trasvasaron de la lucha armada a la competencia política. La declaratoria de inconstitucionalidad sobre la Ley de Amnistía de 1993 podría servir para cerrar definitivamente un capítulo que se ha mantenido artificiosamente abierto. Se está proponiendo ya, desde las más altas esferas del poder en funciones, una Ley de Reconciliación Nacional que habilite una justicia reparadora y deje atrás todo ánimo de venganza. Es decir, saldar cuentas con el pasado pero desde las condiciones reales del presente.

Es hora más que sobrada de que los salvadoreños nos hagamos cargo sin más reservas ni desviaciones de una demanda histórica resultante de nuestro propio proceso evolutivo: el hecho de pasar no sólo cronológicamente sino sobre todo anímicamente a una nueva etapa nacional, en la que las diferencias puedan servir de palancas inteligentes en vez de ser como hasta hoy retrancas obstinadas. La competencia democrática nunca se da entre enemigos dispuestos a la eliminación mutua sino entre adversarios que se enfrentan con posiciones y argumentos para que el pluralismo produzca sus efectos beneficiosos.

Hablamos de reconciliación nacional no en plan de formalismo ceremonioso, sino como ejercicio de voluntades dispuestas a ponerse en línea en función del mejor destino del país y de su gente. En esto como en todo los hechos cuentan más que las palabras, y hacia los hechos hay que apuntar a fin de que se pueda ir creando confianza en que la armonía nacional es posible para asegurar el trabajo en común que tanto se está necesitando. Apuntémonos todos en esa ruta.

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  • reconciliacion
  • guerra
  • democracia
  • amnistia
  • inconstitucionalidad

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