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Tenemos que reencontrarnos con nuestra propia historia para poder reconocer las sendas del futuro

Los salvadoreños tenemos que recuperar el compromiso existencial de destino, porque ahí están las raíces de nuestra propia identidad, que no sólo nos caracteriza sino que también nos provee los combustibles esenciales para impulsar una vida con sentido.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Hay una pregunta que revolotea cada vez con mayor insistencia en la atmósfera nacional: ¿Quiénes somos los salvadoreños? Y aunque tal pregunta pueda resultar ingenua o innecesaria, lo cierto es que los nubarrones en torno a nuestra identidad han venido proliferando especialmente en el curso de los decenios más recientes. Y es que en verdad somos muchas cosas, y las imágenes al respecto se entrecruzan de modo constante, sin que ninguna pueda convertirse en eje de las demás. Una de las tendencias más decisivas al respecto es la que responde a nuestra condición atávica de seres migrantes. El Salvador, por sus propias condiciones geográficas, geopolíticas y socioeconómicas, es país de emigración, y eso determina significativamente la forma de vincularnos con el país y de funcionar como sujetos de arraigo.

La historia nacional es, entonces, un juego permanente y aleatorio entre la pertenencia y la ausencia. Es como estar en un perpetuo puente colgante, con todas las eventualidades imprevisibles que eso genera. Esto viene de muy lejos, pero se fue agudizando en la medida que las condiciones de disfuncionalidad histórica fueron derivando en tensiones de creciente conflictividad, allá desde la década de los años 60 del pasado siglo, cuando el esquema social permitió la movilización ascendente de conglomerados tradicionalmente invisibilizados y cuando se empezaron a ver señales de que el rígido molde político estaba en vísperas de sufrir una transformación de largos alcances.

Hubo a finales de los años 70 y a inicios de los años 80 una conjunción de acontecimientos verdaderamente insospechada: concluyó de manera definitiva el régimen de predominio militar que venía estando en funciones, con variantes pero en forma ininterrumpida, desde los años 30; por efecto de ello, se inició de inmediato el dinamismo democratizador, con todas las insuficiencias previsibles, pero también con grandes expectativas de futuro; y al mismo tiempo, los movimientos sediciosos de la preguerra pasaron a ser estructuras organizadas en plan de acción bélica en el terreno. Así las cosas, el fenómeno histórico se empezó a actualizar conforme a las nuevas circunstancias, como si todo aquello fuera el anuncio de cambios relevantes en el quehacer nacional integral.

En esta etapa que lleva ya recorridas tres décadas cargadas de sucesos de la más variada índole, las enseñanzas del tiempo recién pasado están aquí, como si esperaran turno para hacerse valer en la época que corre. El momento actual nos presenta un flujo de perspectivas como ningún otro de los momentos pasados, y eso hace que se haga imperioso aprovechar dicha plataforma, que es el país ubicado de cara a su devenir. Habría que replantearse, entonces, la visión de país, de modo que nadie se quede estancado en ejercicios regresivos. Aunque muchos quieran continuar rindiéndoles tributo a las fidelidades obsoletas, cada vez se hace más difícil encontrar bases para hacerlo, y eso debe servirnos de aliciente para sacar fuerzas de flaqueza.

Dicen que la historia es maestra de la vida; y con igual propiedad se podría decir que la vida es maestra del futuro. Por consiguiente, lo que hay que potenciar es la alianza virtuosa entre la historia, la vida y el futuro, englobando todo ello en la noción de destino, que es al fin de cuentas la que mueve el engranaje total. Los salvadoreños tenemos que recuperar el compromiso existencial de destino, porque ahí están las raíces de nuestra propia identidad, que no sólo nos caracteriza sino que también nos provee los combustibles esenciales para impulsar una vida con sentido.

Lo que más estamos viendo en el ambiente nacional de nuestros días como señal esperanzadora hacia adelante es que la ciudadanía salvadoreña está tomando interés creciente en asegurar la normalidad del país. El reclamo de legalidad y de comportamientos éticamente comprobables, los señalamientos contra la corrupción y las demandas de eficiencia institucional se hallan a la orden del día; y eso indica, entre otras cosas, que los salvadoreños queremos comprometernos con la sanidad de nuestro presente. Y al ser así, necesitamos más que nunca reconocernos en eso que hemos llamado el espejo de tres caras: pasado, presente y futuro.

Revivamos el pasado, y nunca para llorar sobre las cenizas. Habilitemos el presente con voluntad de hacer que fructifique en beneficios compartidos por todos. Asumamos el futuro como tarea visionaria y realizable. Así el espejo se podrá convertir en filtro purificador y fecundo.

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