Tenemos que tomar más en cuenta nuestra propia experiencia histórica

La experiencia histórica nunca se vive en vano, y leer bien sus lecciones es requisito básico para aplicar las enseñanzas de tal manera que no se repitan errores, se desactiven vicios y se potencien expectativas saludables.
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El día a día de nuestra realidad nacional da la impresión reiterada de que, como institucionalidad y como sociedad, hemos aprendido muy poco de la intensa y en muchos sentidos lacerante experiencia histórica que nos ha tocado vivir a lo largo del tiempo. En especial en los 40 años más recientes, el cúmulo de acontecimientos nacionales es enorme y de alta intensidad. A lo largo de estas cuatro décadas ha habido una preguerra, una guerra y está transcurriendo una posguerra, con todo lo que ello significa. No hay país de la región que tenga acumulación semejante, pues nada de lo ocurrido en El Salvador ha sido situación a medias.

Puestos en el presente, lo natural sería que hubiera en principio un análisis completo de los diversos fenómenos ocurridos en todo este período, no para hacer un catálogo de culpas ni para tener un resumen histórico convencional, sino para descifrar y descodificar a plenitud las lecciones que cada acontecimiento ha dejado, a fin de proceder, a partir de ellas, a redimensionar toda nuestra realidad, en función modernizadora y verdaderamente proyectiva. En esa forma podríamos sanear, corregir, reconstruir y construir lo que sea necesario, con visión de progreso que vaya dejando atrás los errores y los fantasmas del pasado.

Al hacer dicho recuento, lo que primero salta a la mesa es la atmósfera en que se logró desarrollar el procedimiento de negociación que concluyó en el Acuerdo de Paz. Y la pregunta no se hace esperar: ¿Cómo es posible que en aquellas condiciones de guerra que seguía viviéndose intensamente en el terreno se pudiera llegar pacíficamente a un acuerdo, y en cambio ahora, cuando se dan condiciones democráticas imperfectas pero claramente perfectibles, las fuerzas en juego no sean capaces de entenderse en cuestiones básicas para el buen desempeño de la gestión nacional en todos los órdenes?

A 21 años cumplidos del fin negociado de la guerra, aún no hay un análisis exhaustivo de cómo se dio y de lo que representó aquel esfuerzo que para muchos no llevaría a nada y que por fin culminó de la manera más favorable para la evolución nacional. Dichos análisis deberían contemplar atmósferas, actitudes, factores incidentes –tanto nacionales como internacionales–, contenidos, métodos y proyecciones. La experiencia histórica nunca se vive en vano, y leer bien sus lecciones es requisito básico para aplicar las enseñanzas de tal manera que no se repitan errores, se desactiven vicios y se potencien expectativas saludables.

Estamos entrando en la etapa final de la primera alternancia en el ejercicio del poder político. Vienen unas elecciones que sólo son de pronóstico reservado en relación con quién ganará, pero que dejarán sobre el tapete un mandato con características similares para cualquiera que resulte elegido. Dentro de esa relativa predictibilidad, hacer valer los argumentos de la experiencia vivida es tan importante como plantear las nuevas dinámicas que los tiempos nos demandan en este momento preciso. Necesitamos inteligencia proyectiva para responder a los retos de la hora actual, y esto va más allá de cualquier posicionamiento ideológico.

Debemos asumir el 16 de enero de este año, simbólicamente, como una constancia de mayoría de edad democrática, y hacerle honor a tal simbolismo con expresiones de madurez y con compromisos de responsabilidad. Es el mejor servicio que se le puede hacer a El Salvador.

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