¿Tenemos un papa revolucionario?

Recién acaba su gira en México y está por cumplir tres años de pontificado nuestro querido papa Francisco, un hombre que es cada vez más amado por casi el mundo entero, pero menos amado por una minoría.
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 Gusta menos a muchos devotos, pero gusta más a la caravana humana de los que sufren.

Es un papa que cita poco las encíclicas, y le bastan las pocas páginas de los evangelios que están pobladas de historias de marginación y dolor.

Y es que al papa Francisco le acusan de interesarse más por el drama de los divorciados, por los niños violados, por la unión con nuestros hermanos mayores (Iglesia ortodoxa), por el acercamiento a las diversas confesiones religiosas (judíos y musulmanes por igual), por los problemas terrenales como el terrorismo o las guerras, que por los dogmas y la conversión de los infieles.

Y así muchos le critican, como publicaba un periódico italiano: “Que mire más hacia Dios que hacia el mundo”. Incluso han intentado clasificarlo políticamente de izquierda, y él sonríe diciendo: “Soy del partido del Evangelio”.

Ha inaugurado el Año de la Misericordia haciendo que choquen las dos visiones de Iglesia: una que se ve a sí misma como hospital de campaña que debe curar a los heridos de nuestro tiempo, especialmente a los pecadores; y otra, como una Iglesia parecida a un recinto para pocos, selectos y puros.

El papa está consciente de que hay dos lógicas y dijo que “el camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie eternamente y el de difundir la misericordia de Dios a todos” volviendo a la cruda esencia del Evangelio.

Por eso mismo vale la pena recordar cómo era Jesús en los Evangelios, cuando le dice zorra al tirano Herodes o cuando acusa de hipócritas y manipuladores a los sacerdotes que habían convertido el templo en una “cueva de ladrones”. Le interesaba más hablar de los despreciados, de los humillados, de los marginados, que hablar de divinidades. Era severo con los hipócritas del templo y condescendiente con los humillados.

Como hace más de dos mil años, para el papa, la fe verdadera es una mezcla de misericordia con los caídos y de dureza con los pecadores.

Insiste “la Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas sino las periferias existenciales: las del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia, las del pensamiento, las de toda miseria”. Y esto, obviamente, creó resistencias en los más cercanos, es decir, en el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo.

Apenas en su primer año de pontificado dijo que veía “una Iglesia centrada en sí misma, una tendencia que enferma a la institución”, por eso está tratando de abrir los ojos entre una Iglesia que se comporta como los doctores de la ley y la que se comporta como Jesús, que abraza a todos.

Muchos, por comodidad, prefieren que se invoquen más las glorias de Dios que las flaquezas de los hombres, por eso: Francisco optó por esos millones que sufren el dolor del hambre, la persecución o el olvido. Francisco optó por interesarse demasiado en la Tierra, acusado de haberse olvidado del Cielo. Francisco optó por ser, sencillamente, un cristiano de los orígenes.

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