Tercera vía

Cuando se rompe el diálogo comienza el ruido. Así como el diálogo es la base y la cima de la democracia, el ruido de las consignas, que equivale al silencio de la sumisión, es la lacra del autoritarismo. Lo que está pasando en el país es el fracaso de la razón, que a su vez es el fundamento de la vida pacífica en común.
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En la democracia, la minoría debe acatar las decisiones de la mayoría, pero ambas deben someterse al imperio de la ley, que debe ser igual para todos. Ello se complementa con el equilibrio o contrapeso de poderes. Todo esto, que es lo más básico, es lo que ha lanzado por la borda una partidocracia sin otro rumbo que el suicidio. Lo grave es que en ese delirio autodestructivo se llevan de encuentro al país entero.<p>He oído decir que el actual conflicto entre los poderes del Estado es consecuencia de haber llevado al plano de lo político un problema eminentemente jurídico. No lo creo. Por el contrario, lo que hay es ausencia de política, si entendemos que la política es la mejor instancia para resolver cuestiones económicas, sociales o jurídicas que por diversos motivos se entrampan en callejones sin aparente salida. Eso lo aprendimos a costa de mucha sangre, y por eso ese conocimiento es un patrimonio nacional.</p><p>La política es por definición la búsqueda del bien común. No es la batalla por los beneficios particulares de esta o aquella facción. Haber confundido en algún momento lo meramente partidario con lo político nos ha traído a este punto de caos, más grave aun cuando la ciudadanía delega en el partido, el partido delega en la cúpula y la cúpula delega en el secretario general, que está más preocupado por los negocios propios y de sus amigos que por el destino del país. </p><p>Nuestro pecado, en suma, no es como se ha dicho la politización de todo, sino el haber renunciado a la política a favor de lo partidario, y más concretamente de la polarización entre dos facciones amarradas al pasado. ARENA y el FMLN pudieron y debieron haber superado, mediante el diálogo, el problema entre el parlamento y el Poder Judicial. Pero lo que están haciendo es escalar el conflicto. </p><p>Argumentar que uno u otro bando es el culpable no resuelve la situación. La responsabilidad es de ambos. Pero para dialogar se requiere vocación democrática. Y eso es lo que no hay.</p><p>La polarización entre esos dos partidos, o más bien entre sus respectivas cúpulas empresariales, que no políticas, es lo que impide la salida del atolladero. Por eso es que ahora más que nunca tiene sentido el esfuerzo de construir una tercera vía. </p><p>Contra ese esfuerzo y contra quienes lo encarnan no hay argumentos razonables, solo injurias y calumnias que más bien reflejan el terror ante la posibilidad de perder el control del poder. </p><p>Alguien me decía hace unos días que estamos ya en un punto sin retorno y que había que resignarnos a la condición de país fallido. No es cierto. </p><p>El actual caos institucional es muy grave, pero más grave fue la guerra y salimos de ella cuando decidimos dejar atrás los fundamentalismos bipolares y darle paso a la razón integradora. Eso fue un logro de los terceristas por sobre las ortodoxias. </p><p>Nuestro país no es la tumba de los unos ni la hoguera de los otros, y no va hacia ningún lado cuando solo resta y divide. Las prédicas del odio faccional nos disminuyen y espantan la esperanza, pero somos muchos más los que estamos convencidos de que El Salvador es la suma del esfuerzo de todos sus hijos. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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