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Terrible enfermedad del poder

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Federico Hernández Aguilar - Escritor y columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Nadie quiere estar enfermo. Yo tampoco. Pero, si me dieran a escoger, pediría nunca enfermar de poder. El cáncer que con mayor eficacia corroe las entrañas, el virus que con más ferocidad se contagia a otros, el mal que destruye con los peores instrumentos a sociedades enteras..., es el poder.

Ninguna bacteria o virus, ningún hongo o parásito, ha matado tantas personas en la historia humana como aquellos congéneres nuestros que alguna vez tuvieron (y no supieron utilizar) el poder. Las muertes que ya produjo en el mundo el covid-19, sumadas a las que hace un siglo ocasionó la Gripe Española, pero también a las más catastróficas epidemias registradas hasta hoy –la Peste Negra medieval, la viruela que diezmó a la población indígena durante la Conquista y, en las últimas décadas, el VIH/sida–, toda esta mortandad palidece ante la acumulación de decesos imputable a los enfermos de poder en cada época y lugar.

En un texto de muy justa celebridad, Facundo Cabral dice: "La felicidad no es un derecho sino un deber, porque si no eres feliz estás amargando a todo el barrio. Un solo hombre que no tuvo ni el talento ni el valor para vivir, mandó matar a seis millones de hermanos judíos".

Y así es, en efecto. Los enfermos de poder hacen cargar a otros las consecuencias de su propia incapacidad para vivir y dejar vivir, para amar y dejarse amar. No son felices, porque carecen de algo que es condición indispensable para serlo: el descubrimiento del valor del otro. Atropellan a los demás porque tienen debilitada la confianza en sus propias ideas, en la rectitud de sus juicios y en el peso real de sus acciones. Por eso agigantan sus ocurrencias imponiéndolas a otros, o disfrutan humillando a quienes no piensan como ellos.

En las redes sociales se despliegan hoy todas las debilidades de los enfermos de poder. Gracias a ellas, las personalidades autoritarias y mezquinas pueden comunicar lo que desean sin acarrear efectos adversos. Y como además están facultadas para bloquear a sus críticos –cosa que, por cierto, debería estar prohibida a quienes ejercen funciones públicas–, su real aptitud para debatir nunca se ve sometida a prueba.

No se necesita demasiada inteligencia ni agudeza mental para enviar una andanada de tuits belicosos. Muchísima gente hace eso, y no cuentan con una estructura de voces que les haga eco. No. El verdadero talento estriba en responder con coherencia y apertura a quienes adversan las propias ideas, y además hacerlo con la debida diligencia, la altura moral y la perspicacia argumentativa. Eso sí sería novedoso, amén de marcar un hito en la tradicional relación entre gobernantes y ciudadanos. Un matón de barrio no deja de serlo por tener en sus manos un buen teléfono celular. Solo un Chesterton o un Shaw sabrían trasladar su genialidad a la comunicación digital. Y entre nuestros líderes, parece, aún no brota nadie con ese talento.

Los enfermos de poder adolecen, además, del "síndrome de Cronos", trastorno que debe su nombre de aquel titán de la mitología griega que, tras una juventud acomplejada, derroca a su padre y establece sobre el universo un reinado brutal, afligido por la posibilidad de que sus hijos también le arrebaten el poder. Por eso suele afirmarse que detrás de la crueldad de un poderoso existen muy serios problemas de autoestima. Dios nos libre de gobiernos conducidos por personas con estos desórdenes de personalidad.

Tags:

  • poder
  • autoestima
  • enfermedad
  • tuits
  • síndrome de Cronos
  • confianza

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