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Tiempo de penitencia

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Rutilio Silvestri

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La Cuaresma es tiempo de penitencia, de preparación para el misterio de la Cruz, que dará paso a la Resurrección. Si todo el año litúrgico se orienta hacia el misterio pascual –centro de nuestra fe, término de nuestro camino–, este tiempo aún exige de nosotros una mayor devoción, dada su proximidad a los sublimes misterios de la misericordia divina, nos dice San León Magno.

Es especialmente tiempo de morir a las obras de la carne, para renacer después a la Vida de Dios. Para estos días –continúa el santo– los Santos Apóstoles, por inspiración del Espíritu Santo, ordenaron ayunos más rigurosos, para que unidos a la Cruz de Cristo, también suframos algo de lo que Cristo sufrió por nosotros, pues hemos sido hechos herederos de Dios, coherederos con Cristo con tal que padezcamos por Él, para ser con Él glorificados.

Morir a las obras de la carne, expiar esa inclinación a las criaturas que puede apartarnos de Dios, reparar, desprendiéndonos de las cosas de la tierra: este es el valor de las obras de penitencia que maternalmente impone la Iglesia en estos días a sus hijos. Y con este espíritu de penitencia, de reparación, hemos de practicar el ayuno: como una parte de la satisfacción que debemos, de la purificación que necesitamos. Y con el ayuno, una práctica más generosa de la mortificación corporal y de todas las obras de penitencia.

El mismo espíritu que llevaba a los primeros cristianos a rigurosos ayunos y penitencias ha de ser el nuestro. Razones no faltan, ni tampoco ocasiones. ¿Motivos para la penitencia?: desagravio, reparación, petición, hacimiento de gracias: por tu familia, por tu país, por la Iglesia... Y mil motivos más, nos dice Camino.

Ayunen los ojos de toda mirada curiosa –escribe San Bernardo–. Ayunen los oídos, no atendiendo a las palabras vanas y a cuanto no sea necesario para la salud del alma. Ayune la lengua de la difamación y la murmuración, de las palabras vanas, inútiles. Ayune la mano de estar ociosa y de todas las obras que no sean mandadas; pero ayune mucho más el alma misma de los vicios y pecados, y de imponer la propia voluntad y juicio. Pues sin este ayuno, todos los demás son reprobados por Dios.

Lo que el Señor busca ante todo, para perdonarnos, es el sacrificio interno, de la voluntad: un corazón contrito y humillado agrada siempre a Dios. Y nos previne contra las prácticas meramente exteriores. Ayunáis, sí, entre disputa y riña, golpeando inicuamente. No ayunéis como hasta ahora, para que vuestro clamor sea oído en lo alto, nos dice la Sagrada Escritura.

El Señor desea un dolor sincero, que se manifieste en vivir los medios de penitencia que la Iglesia nos propone para la Cuaresma. Por eso hay que hacer que el corazón acompañe, compungido, estas pequeñas obras que, sin amor, no valdrían nada a los ojos de Dios. Mortificación de los sentidos y de nuestro cuerpo; mortificación humilde y discreta, pero sincera y generosa que agrada a Dios de un modo particular. Nuestra penitencia ha de ser exigente, alegre, sin ostentación: cuando ayunes, perfuma tu cabeza, y lava tu cara, nos dice en el Evangelio de San Mateo.

Acudamos a la Virgen, pidiéndole ayuda.

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Tags:

  • Cuaresma
  • ayuno
  • penitencia
  • sacrificio

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