Tiempo de ráfagas

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En épocas anteriores todo parecía regido por una programación histórica básicamente inamovible. Era como si el devenir fuera siguiéndole el paso a una voluntad todopoderosa, que no admitía alternativas inesperadas. El mejor ejemplo reciente de ello es lo que se dio entre capitalismo y comunismo, que hasta finales del siglo XX parecieron la disyuntiva irreversible del futuro. Hoy estamos en un tiempo en que todas las aperturas se hallan en la agenda disponible, lo cual crea a la vez ilusión y angustia. No es de extrañar entonces que la inseguridad esté a la orden del día en prácticamente todos los ámbitos de la realidad universal. Pero hay que distinguir entre distintas formas de inseguridad. La inseguridad de antes tenía a su disposición una gran cantidad de disfraces; la inseguridad de hoy anda desnuda o semidesnuda por calles y caminos. Lo que se impone en verdad es una nueva tarea que se va volviendo cada vez más insoslayable para todos, desde los más pudientes hasta los más desvalidos: plantearse cada día la viabilidad del presente en función de las posibilidades del futuro. Esto parece mucho más incómodo que lo que había en el pasado inmediato, pero en realidad lo que ahora tenemos es bastante más congruente con lo que somos como sujetos constructores de vida.

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